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Una ventana a la antigua Britania

La religión en la antigua Britania

Pentre Ifan, formación megalítica situada en el sudoeste de GalesTan diversos como los distintos pueblos que habitaron Britania en el transcurso de su historia, fueron las religiones que en la isla se profesaron. Desde la fecunda diosa céltica de la tierra, hasta los crueles y sanguinarios dioses sajones. Desde el culto a la vida y al orden natural de los druidas, hasta la austera severidad de los mandamientos cristianos. Con todo, puede decirse que la lucha por el dominio de las almas británicas fue si cabe más enconada que aquella librada en el campo de batalla.

Con la llegada de los romanos a la isla, y especialmente tras la matanza de los druidas de Mona en el 59 d.C, los viejos cultos britanos se vieron empujados cada vez más hacia el norte y el oeste por el credo de sus conquistadores. Sin embargo, en las zonas rurales este cambio no se hizo tan patente como en las ciudades. De hecho, las gentes del campo siguieron conservando en mayor o menor medida sus creencias y rituales, libres de la influencia de los grandes templos romanos erigidos en las poblaciones de mayor tamaño.

En un principio, la propagación de la fe cristiana en el mundo romano se llevó a cabo de una forma tímida y escondida en las sombras. Las autoridades consideraban este culto una amenaza y veían a sus practicantes como miembros de una peligrosa secta que incitaba a la revuelta y ponía en duda la autoridad del emperador.

No fue hasta el Edicto de Mediolanum (o Edicto de Milán) que los cristianos pudieron profesar sus creencias abiertamente y con total libertad. A partir de entonces, la expansión del Cristianismo resultó realmente fulminante. En Britania, acabó en pocas décadas con todo rastro del anterior paganismo romano. Y no conforme con esto, pronto comenzaron a brotar comunidades religiosas en las zonas rurales, e incluso se llevaron a cabo numerosas misiones al norte y al oeste de la isla, llegando a cristianizar a poblaciones enteras de aquellos rudos britanos politeístas.

Sin embargo, parece que después de todo el Cristianismo no llegó a plantar unas raíces lo bastante profundas en la isla durante el periodo de ocupación romana. Tras ser abandonada a su suerte por el Imperio, Britania experimentó un renacimiento de la cultura y las creencias celtas.

Como la resaca que sucede a una gran ola, el credo cristiano remitió tan deprisa como se había extendido, empujado por la antigua religión britana hasta casi desaparecer por completo. Los ancestrales dioses britanos reclamaban ahora con ímpetu renovado los dominios que le habían sido arrebatados siglos atrás. Por su parte, los sajones iban consolidando su avance por la isla, extendiendo su credo a su paso. Sin embargo, la práctica de éste se limitó casi exclusivamente a la élite sajona dominante. Los integrantes de los pueblos britanorromanos sometidos siguieron conservando durante largo tiempo su identidad y sus creencias, hasta que poco a poco acabaron por fusionarse con sus conquistadores.

Pero el regreso del Cristianismo no se iba a hacer esperar. A finales del siglo VI, el papa Gregorio Magno asumió la tarea de convertir a la fe cristiana a los pueblos sajones y anglos del sur y el este de Britania. Por otro lado, San Columbano (al que tradicionalmente se considera discípulo de San Patricio) llevaba ya algún tiempo, desde el año 565, predicando su credo en los reinos pictos de Caledonia.

Las relaciones entre la Iglesia celta y la Iglesia romana no pasaban por aquel entonces por su mejor momento, aunque ninguna de las dos llegó a suponer una verdadera molestia para la otra en la isla. La iglesia romana se limitaba a cumplir con los preceptos del papa Gregorio, convirtiendo a los habitantes de los reinos anglosajones; mientras que los misioneros hibernos se encargaron a alimentar las almas de los pobladores celtas de Caledonia y del oeste de Britania, más afines en lo que a lengua y cultura se refiere.

Panteón britano

El panteón britano

Cernunnos -Ilustración de Susan Seddon BouletMientras que los nombres e historias de los dioses galos e hibernos han llegado relativamente íntegros hasta nuestros días, los dioses britanos únicamente son ofrecidos al lector moderno en forma de antiguos reyes y héroes, pertenecientes a un lejano pasado legendario.

Aunque bien es cierto que estos personajes aún conservan parte de su carácter céltico y sobrenatural, a duras penas consiguen disimular las tinturas cristianas y anglosajonas con las que les ha ido recargando la literatura medieval, prácticamente la única fuente disponible en lo tocante a esta materia.

Aclarado lo anterior, podemos decir que la principal referencia en cuanto a mitos y dioses britanos es el Mabinogion, una recolección de relatos en prosa procedentes de antiguos manuscritos medievales galeses, escritos presumiblemente entre los años 1060 y 1200 d.C. En estas historias, los dioses britanos son reflejados como reyes o aventureros, poseedores de dones extraordinarios y de objetos maravillosos. Las existencias de estos personajes van entrecruzándose a lo largo de los distintos cuentos que componen la obra, hasta acabar formando un conjunto que resulta bastante sólido y estable.

Del estudio del Mabinogion y la comparación de sus caracteres con los de los mitos irlandeses, resulta sencillo sacar conclusiones sobre los dioses adorados por los pueblos britanos antes de que el Cristianismo se impusiera definitivamente en la isla, bien entrada ya la Edad Media.

Las tres principales figuras del Mabinogion

Tres eran las figuras primigenias presentes en el Mabinogion: Llyr, Beli Mawr y Dôn. De ellos descendien la mayor parte de los restantes personajes, por lo que no es difícil deducir la importancia que estos tres caracteres debían tener en el antiguo panteón britano.

Llyr Lledyeith

Era el padre de Bendigeid Bran, Manawydan y Branwen. Según el Mabinogion, Llyr reinó sobre toda la Isla de los Poderosos (Britania) y fue sucedido en el trono por su hijo Bendigeid Bran.

En cuanto a su carácter religioso, Llyr fue el dios de los mares y su linaje puede considerarse la contraposición oscura al linaje de Dôn, el cual representaba el bien y la virtud. Aunque puede que, en realidad, la familia de Llyr no represente la oscuridad, sino una casta de dioses más antigua a la de Dôn y Beli Mawr, puede que incluso de origen precelta.

Beli Mawr

Era el esposo de Dôn y el padre de Arianrhod, Gwydion, LLudd y muchas otras figuras de Mabinogion. Según esta obra, Beli Mawr reinó sobre toda la Isla de los Poderosos, en tiempos posteriores a los de Llyr Lledyeith, y fue sucedido en el trono por su hijo Lludd.

Para los britanos, Beli Mawr (o Bel) era el dios del fuego y el sol, de cuya unión con la tierra (Dôn) nacía la vida.

Dôn

Era la hermana de Math, la esposa de Beli Mawr y la madre de Arianrhod, Gwydion, LLudd y muchas otras figuras de Mabinogion. Aunque no representaba un papel activo en dicha obra, donde únicamente es mencionada al enumerarse la ascendencia de buena parte de sus personajes.

Dôn era la principal diosa del panteón britano, ya que representaba a la tierra y a la fertilidad, causantes de la vida una vez eran bendecidas por los rayos del sol (Bel). Para los britanos, Dôn tenía tres rostros principales, los cuales se intercalaban según la época del año: la doncella durante la siembra, la matrona en tiempo de cosecha y la anciana cuando el año moría con las primeras nieves.

Otras figuras significativas del Mabinogion

Numerosos son los caracteres involucrados en la trama del Mabinogion. Sin embargo, en ella encontramos una serie de figuras que, bien por su protagonismo, bien por su similitud con dioses de otros panteones, merecen especial mención.

Lludd Llaw Ariannaid (Lludd Mano Plateada)

Era hijo de Beli Mawr y Dôn. Sucedió a su padre en el trono de la Isla de los Poderosos y, durante su reinado, se vio a obligado a combatir tres terribles plagas. Lludd era el dios britano de la música y la poesía.

Pwyll

Era el rey de Dyfed (uno de los reinos antiguos de la Isla de los Poderosos y actual región situada en el sur de Gales), el esposo de Rhiannon y el padre de Pryderi. A Pwyll también se le conocía como Señor del Annwn (el Más Allá), ya que en cierta ocasión tomó la apariencia de Arawn, uno de los reyes del Annwn, y logró unificar toda esta tierra en su nombre. Para los britanos, Pwyll fue el dios del Annwn, junto con su esposa Rhiannon.

Rhiannon

Era la esposa de Pwyll y la reina de Dyfed. Era conocida por poseer una bandada de pájaros, a los cuales hacía cantar para deleite de los guerreros. Entre los britanos, Rhiannon era la diosa del Annwn y la encargada de conducir hasta allí a las almas de los muertos.

Pryderi

Era el hermano de Dôn, el rey de Gwynedd (uno de los reinos antiguos de la Isla de los Poderosos y actual región situada en el norte de Gales) y un poderoso hechicero. Math era el dios britano de la sabiduría y el encantamiento.

Bendigeid Bran (Bran el Bendito)

Era hijo de Llyr y hermano de Manawydan y Branwen. Sucedió a su padre como rey de la Isla de los Poderosos. Era grande como una montaña y, en cierta ocasión, encabezó un ejército para invadir Hibernia, donde un rey tenía cautiva a su hermana Branwen. En sus últimos momentos, Bran pidió a sus hombres que, una vez muerto, le

cortaran la cabeza y la enterraran en Gwynuryn (Colina Blanca), al este de Caer Llundein (Londres). Según él, si se situaba la cabeza mirando hacia la Galia, se lograría desalentar cualquier intento de invasión a Britania procedente del continente.

Bran fue uno de los principales héroes del panteón britano, perfectamente equiparable con el Cuchulainn irlandés o el Heracles del universo helénico.

Branwen

Era la hija de LLyr y la hermana de Manawydan y Bendigeid Bran. Como si de una Helena de Troya se tratara, Branwen fue el principal motivo por el que Bendigeid Bran invadió Hibernia con sus huestes.

Para los britanos, Branwen fue la diosa del amor y la belleza.

Manawydan

Era el hijo de Llyr y el hermano de Bendigeid Bran y Branwen. Entre los britanos, Manawydan era considerado el sucesor de Llyr como dios de los mares.

Math

Era el hermano de Dôn, el rey de Gwynedd (uno de los reinos antiguos de la Isla de los Poderosos y actual región situada en el norte de Gales) y un poderoso hechicero. Math era el dios britano de la sabiduría y el encantamiento.

Gwydion

Era el hijo de Dôn y el protegido del rey Math. De él aprendió hechicería y todo su saber. Gwydion fue a su vez protector de Lleu Llaw Gyffes, el sucesor del rey Math en el trono de Gwynedd.

Para los britanos, Gwydion fue en realidad el sucesor de Math como dios de la sabiduría y la hechicería.

Lleu Llaw Gyffes

Era hijo de Arianrhod y hermano de Dylan. Se crió como discípulo de Gwydion y sucedió al rey Math en el trono de Gwynedd. Lleu Llaw fue el dios britano de la luz, las artes, la medicina y la profecía.

Dylan

Era hijo de Arianrhod y hermano gemelo de Lleu Llaw Gyffes, con el que guardaba un enorme parecido. Dentro del panteón britano, Dylan era el dios de la oscuridad, en contraposición a su hermano Lleu Llaw.

Arianrhod

Era la hija de Dôn y la madre de Lleu Llaw Gyffes y Dylan. Además, fue durante algún tiempo una de las doncellas del rey Math de Gwynedd.

Para los britanos, Arianrhod era la guardiana de las constelaciones y la diosa encargada del paso del tiempo (no en vano, su nombre significa Rueda de Plata). Algunos autores, sin embargo, la consideran una más de las facetas de la propia diosa Dôn.

Cernunnos, el dios de los bosques

Ya fuera del ámbito del Mabinogion, no podemos cerrar un capítulo dedicado a los dioses britanos sin hacer mención a Cernunnos, el dios cornudo.

Era éste un dios oscuro, cuyos orígenes se pierden en el alba de los tiempos, guardián de los bosques y de la naturaleza, señor del otoño y espíritu de la noche. Entre sus atributos estaba el de conceder vigor y fertilidad a los amantes, fuerza y arrojo a los guerreros, y prosperidad a los agricultores y ganaderos.

Druidismo

El druidismo en britania

Druida -Ilustración de J.P. KrasnyEl origen del druidismo se pierde en la arena de los tiempos. Sin lugar a dudas, esto es debido a la aversión que siempre mostraron los druidas a poner sus enseñanzas por escrito; con lo que la mayor parte de sus tradiciones e historia terminaron por desaparecer junto con ellos.

No obstante, la Historia tiene sus propias teorías al respecto. Mientras que algunos investigadores defienden que la casta druídica tuvo su origen en una serie de pueblos preceltas del norte de Europa, los cuales habrían sido conquistados y absorbidos por los celtas durante su expansión; la opinión más extendida parece ser aquella que defiende su naturaleza puramente céltica.

De cualquier manera, para el estudioso actual, el druidismo constituye un elemento prácticamente indisociable de la cultura céltica, una faceta fascinante que en tiempos presentes nos obliga a formularnos una pregunta. Por qué aquellos druidas de la antigüedad que poseían un nivel tan vasto y avanzado de conocimiento,s sólo comparable al de las mejores escuelas de pensamiento del mundo grecorromano, no lograron (o no quisieron) elevar a su civilización hasta la altura de los grandes pueblos del Mediterráneo.

No cabe duda de que de haber sido así, para bien o para mal, este mundo en el que nos ha tocado vivir habría sido un lugar muy diferente al que hoy conocemos.

Historia del druidismo británico

Hasta la llegada de los romanos, Britania fue un importante centro de sabiduría dentro del universo céltico. De hecho, era habitual que los druidas de la Galia, e incluso de Hibernia, cruzaran los mares para completar su formación en tierras británicas.

Más adelante, al igual que ya ocurriera en el continente, los romanos persiguieron a los druidas de Britania, en los cuales veían un elemento político peligroso que predisponía al pueblo contra la autoridad de Roma.

Y fue en el año 59 d.C cuando Roma dio finalmente su golpe maestro contra el druidismo en Britania. A las órdenes del gobernador Suetonio Paulino, un ejército romano vadeó a pie el estrecho que separaba el norte de Cambria (Gales) y la isla de Mona (Anglesey), posiblemente la principal sede druídica de Britania. Ignorando los gritos, amenazas y maldiciones que desde la otra orilla les arrojaban los druidas que en la isla moraban, los legionarios se abrieron paso imperturbables por las marismas.

En esta ocasión, Paulino no mostró clemencia alguna y todos los habitantes de Mona, se tratara o no de sacerdotes, fueron pasados a cuchillo por sus legionarios.

Parece ser que, tras la matanza de Mona, los druidas desaparecieron de la Britania romana, al menos oficialmente, y buscaron refugio en la vecina Hibernia o entre las tribus caledonas del norte británico. Y no sería hasta la partida de los romanos, algunos siglos después, que su sabiduría renacería en aquellas tierras, en las que el pueblo nunca les había llegado a olvidar por completo, y los viejos dioses seguían aún siendo venerados y rigiendo las vidas de los hombres.

Sin embargo, este resurgimiento de los druidas no duraría mucho, pues el empuje sajón por una parte, y la tenacidad de los misioneros procedentes de Roma y de Hibernia por la otra, no tardaría en borrarlos de la faz de Britania para siempre.

La perduración del paganismo

De cualquier manera, resulta agradable pensar que la antigua sabiduría no llegó a desaparecer por completo junto con los druidas. De hecho, en las poblaciones más recónditas de las islas británicas, siempre han existido augures, curanderos, herboristas... Gentes que no dudaban en aplicar sus conocimientos, transmitidos de padres a hijos desde tiempos inmemoriales, en beneficio de sus vecinos.

Por otra parte, sobre todo en las zonas rurales, han llegado hasta nosotros un sinnúmero de supersticiones, que bien pueden tener su origen en ciertas prácticas religiosas que los druidas llevaran a cabo en la antigüedad. Costumbres como celebrar el solsticio de invierno (Navidades) con un árbol plantado en el interior del hogar, colgar muérdago sobre las puertas, rendir homenaje a los muertos el primero de noviembre, lanzar monedas a un pozo y pedir un deseo, tocar madera contra la mala suerte, así como un largo etcétera más, no cabe duda de que tienen un claro carácter druídico y pagano.

Además, qué no decir de todas aquellas personas a los que durante siglos ha perseguido la Iglesia, acusándolos de brujería o de pactos demoníacos con Satanás. Y llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿no serían en realidad muchos de estos supuestos brujos y brujas sucesores de algún modo de los antiguos druidas? ¿O eran quizás practicantes de alguna forma de paganismo que hubiera sobrevivido hasta entonces entre el pueblo llano? Realmente, resulta difícil saberlo.

El culto druídico

Para los antiguos britanos, los druidas suponían un vínculo entre los dioses y los hombres, el cual lograba mantenerse por medio de sacrificios e innumerables rituales. El druídico era un culto animista, lo que significa que rendían pleitesía a la naturaleza como medio para conectar con las divinidades. De hecho, existía una triada, representada por el roble, el muérdago y el trébol de cuatro hojas, a la cual prestaban una especial dedicación. Los consideraban altamente sagrados y provistos de poderosas facultades.

Otro de los símbolos druídicos más usados (o por lo menos conocidos) fue el trisquel, una especie de cruz con tres brazos en forma de hélice y terminados en espiral. El trisquel fue un motivo muy extendido por todo el mundo celta y no resulta difícil encontrarlo grabado en alguna roca o labrado en antiguos utensilios. Incluso hoy en día lo podemos encontrar en lugares tan relevantes como la bandera de la isla de Man, la cual representa un trisquel formado por tres piernas unidas por uno de sus extremos.

El significado del trisquel ha resultado en múltiples ocasiones objeto de controversia, aunque por lo general se le atribuye un carácter sagrado, relacionado con el culto solar. Además, se cree que sus tres brazos representan una triada de aquellas que tanto fascinaban a los celtas (como por ejemplo la constituida por las tres facetas de la diosa Dôn/Dana o la ya mencionada del roble, el muérdago y el trébol).

A parte de sus funciones espirituales, los druidas eran los portadores de toda la sabiduría acumulada por su civilización en el transcurso de los tiempos. De esta forma, ejercían como historiadores y poetas, médicos y herboristas, maestros, adivinos, legisladores y jueces. Aunque estos dos últimos atributos terminaron con el tiempo por ser traspasados a los reyes y jefes militares, sin perjuicio de que los druidas fueran consultados por estos en cuanto a los casos más peliagudos.

En el terreno político, cabe decir que la mayoría de los reyes contaban con uno o varios druidas como consejeros. Esto les confería a los druidas un gran poder sobre el destino del reino o la tribu, ya que por lo general disfrutaban una enorme influencia y credibilidad sobre aquellos supersticiosos monarcas britanos. En muchas ocasiones incluso, los druidas llegaron a actuar como mediadores entre dos reyes en sus disputas, lo que nos da una idea del nivel de independencia del que debían disfrutar las órdenes druídicas dentro de la estructura social de los reinos; quizá comparable a la que llegó a gozar la Iglesia en Europa en sus mejores momentos.

Los grados druídicos

En cuanto a los grados existentes entre los druidas, hoy conocemos únicamente cuatro de ellos, aunque posiblemente se contemplaran bastantes más. Estos eran:

  • Filidh o aspirantes: eran seleccionados por los druidas de entre los más brillantes niños de cada población, y se veían sometidos a largos años de estudio para acceder al segundo escalón.
  • Bardos o poetas: habían sido ya iniciados en los mundos internos y oníricos, los contactos con la naturaleza y los dioses, la impregnación con las fuerzas sagradas de la tierra y la canalización de estas a través de la música, la poesía o cualquier otro tipo de arte. Llevaban por lo general una vida errante, dedicada de pleno al estudio y a la divulgación de historias y canciones, tanto de carácter religioso como histórico. Aunque tampoco resultaba extraño encontrar uno o varios bardos residiendo en la corte de los reyes y los señores más poderosos.
  • Vates o adivinos: llegados a este punto, se conocían mejor a sí mismos y podían trabajar combinando sus propias energías con las fuerzas de la naturaleza. Dominaban el arte de la adivinación y la invocación, aunque debían buscar un guía o maestro que les ayudase a acceder al último escalón, al cual únicamente podían llegar siempre que consiguieran encontrarlo en su propio interior.
  • Druidas: estos individuos ya eran reconocidos como maestros que podían sumergirse voluntariamente en los mundos internos, manejar conscientemente las energías e intervenir en los asuntos humanos para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Por lo general, eran ellos los encargados de presidir todo sacrificio y ceremonia mágica que su orden llevara a cabo.

Dioses hibernos

Los dioses hibernos

El sueño de Ossian -Pintura de Jean-Auguste-Dominique IngresEl Leabhar Ghabhála Eireann, o Libro de las Invasiones de Irlanda, es la principal obra de referencia a la hora de estudiar los mitos y divinidades de la Hibernia precristiana. Pertenece al llamado Ciclo Mitológico, uno de los cuatro ciclos temáticos de la mitología gaélica primitiva, y fue escrito en el siglo XII d.C, presumiblemente en el monasterio de Terriglass, bajo la dirección del obispo MacGoreman y a petición del rey Dermot MacMurrough de Leinster.

Esta obra se encuentra escrita en un lenguaje sencillo, alternando el verso y la prosa, y se compone de trece capítulos, durante los cuales se narran las seis invasiones que según la tradición, sufrió la isla en la antigüedad. La influencia cristiana en la obra resulta ciertamente tenue, gracias a que la Iglesia celta acostumbraba a mostrarse bastante más tolerante con las tradiciones paganas de lo que lo hacía la Iglesia de Roma.

De hecho, dejando de lado la pérdida de la condición de dioses sufrida en este manuscrito por los Tuatha De Danann (aunque sin llegar a perder del todo su naturaleza sobrenatural), y la inclusión de algunos elementos cristianos y grecorromanos, puede decirse que la obra conserva con bastante integridad las tradiciones y la mitología gaélicas antiguas.

Las seis invasiones de Hibernia

Según el Leabhar Ghabhála, la primera de las olas invasoras estuvo encabezada por una mujer llamada Cesair, nieta de Noe. Se trataba, más que de un ejército, de una comitiva formada por 50 doncellas y no más de tres hombres. Vamos, una especie de aperitivo para ir entrando en materia. Sin embargo, todos murieron ahogados durante el Diluvio Universal.

La segunda de las invasiones descritas en el libro procedía de Sicilia y estaba liderada por un tal Partholon. Por desgracia, toda su gente murió 300 años después, debido a una terrible peste que asoló Hibernia en apenas una semana.

Algún tiempo después, se daría la tercera de las invasiones, procedente de Escitia. Estaba acaudillada por Neimhedh (nombre ya con ciertos tintes gaélicos) y constituida por nada menos que 34 barcos de guerra. Desafortunadamente, Neimhedh no se encontró una Hibernia deshabitada. Muy al contrario, se dieron de bruces con unas gentes de origen desconocido llamadas Fomoraibh (o Fomores), los cuales ocupaban la isla a pesar de no haber sido mencionados hasta entonces en la obra. En realidad, lo único que se sabe de éste pueblo es que sus individuos tenían un tamaño descomunal y una apariencia inhumana.

La guerra que tuvo lugar entre el pueblo de Neimhedh y los Fomoraibh fue larga y repleta de altibajos. Finalmente, los Fomoraibh acabaron por imponerse y los hombres de Neimhedh fueron aniquilados casi por completo. Los pocos que lograron sobrevivir huyeron de la isla para buscar refugio en Grecia, donde fueron esclavizados.

La cuarta de las invasiones tuvo lugar 200 años después y estuvo protagonizada por los Fir Bolg, descendientes de los hombres de Neimhedh supervivientes. Fue con este pueblo con el que tuvo lugar el primer nombramiento de un rey de Hibernia, empezando por el mítico Slainghe y estableciéndose su capital en la colina de Tara, donde se dictaron además las primeras leyes. En el Leabhar Ghabhála no se menciona que hubiera surgido conflicto alguno entre los Fir Bolg y los Fomoraibh.

La quinta y más temible de las invasiones hasta el momento fue la llevada a cabo por los Tuatha Dé Danann (Pueblo de la Diosa Dana). En ellos encontramos una versión ligeramente humanizada de los antiguos dioses hibernos, aunque impregnados de magia y de facultades sobrenaturales. De hecho es a este pueblo al que se le atribuye el haber introducido a los druidas en la isla por primera vez.

Los Tuatha Dé llegaron procedentes de las islas situadas al norte del mundo, bajo el mando del rey Nuadu y con claras intenciones de establecerse en Hibernia. No en vano quemaron sus barcos nada más poner pie en tierra.

Por aquel entonces convivían en la isla los Fomoraibh, gobernados por Eochaid, y los Fir Bolg, bajo el reinado de Balor, en perfecta paz y armonía. A ambos pueblos se enfrentaron los Tuatha Dé Danann, en el transcurso de una larga guerra, repleta de alianzas, matrimonios y traiciones. Finalmente, fue tras su victoria sobre los Fir Bolg en la batalla de Magh Tuiredh, durante el transcurso de la cual murió el rey Balor, que los Tuatha Dé se convirtieron de una vez por todas en los señores absolutos de Hibernia.

La sexta y última de las invasiones tuvo lugar 179 años después y fue protagonizada por los Hijos de Mil, un descendiente del rey Breoghán que décadas antes fundara la ciudad de Brigantia (A Coruña) en tierras hispanas. Los hijos de Mil, o Milesianos, combatieron duramente a los Tuatha Dé Danann hasta derrotarlos y confinarlos al Sidhe (el Más Allá), donde morarían a partir de entonces.

Al tratarse de los últimos invasores reflejados por el Leabhar Ghabhála Eireann, puede decirse que los Milesianos representan en realidad a las tribus gaélicas que, alrededor del año 1600 a.C, comenzaron a llegar a Hibernia en sucesivas oleadas.

El carácter divino de los Tuatha Dé Danann

Es en los Tuatha Dé Danann descritos por el Leabhar Ghabhála en quienes podemos identificar las figuras de los antiguos dioses Hibernos.

Dana

Era la madre de todos los dioses y la principal divinidad del antiguo panteón hiberno. En ocasiones es representada como una triada compuesta por Brígida, como la doncella, la propia Dana, como la matrona, y Anu, como la anciana. Sin embargo, existían muchas más representaciones de la diosa, como la famosa Morrigan, una divinidad de la guerra con facultades proféticas.

Daghda

También llamado el Buen Dios. Era considerado el padre y protector de la tribu, símbolo del vigor y de la abundancia. Daghda era representado como un hombre de edad madura, de formas abundantes y provisto de un enorme caldero inagotable y una maza dotada del poder de quitar la vida por un extremo y restituirla por el otro.

Goibhniu el herrero

Era uno de los tres dioses artesanos de los hibernos (junto con Luchta el carpintero y Creidhne el forjador de bronce). Estos tres artesanos crearon las armas mágicas del dios Lugh, con las cuales éste combatió contra los Fomoraibh.

Otra de las habilidades de Goibhniu era elaborar una prodigiosa cerveza capaz de conceder la inmortalidad a todo aquel que la bebía.

Dian-Cecht

Era el médico entre los dioses, encargado de resucitarlos con su magia cada vez que caían en la batalla.

Mananan

Era el dios de las aguas y los mares. Poseía un barco que podía ser gobernado por medio del pensamiento, una espada llamada Fragarach (Respondedora), capaz de penetrar en cualquier armadura, y caballos con la facultad de cabalgar sobre las olas.

Nuadu

Era el rey de los Tuatha Dé Danann, aunque tuvo que renunciar a su cargo tras perder el brazo en el transcurso de una batalla, ya que los reyes de Hibernia no podían adolecer de ninguna minusvalía ni defecto físico grave. Tras varios años en el retiro, Nuadu recuperó finalmente su trono gracias a un brazo de plata que le fabricó para tal efecto el dios Dian-Cecht. Finalmente, Nuadu renunció al trono en favor del joven dios Lugh.

Lugh

También conocido como el Resplandeciente, era el dios de la luz, protector de los guerreros, guardián de la magia y maestro de los oficios y las artes. Era mitad Fomoraibh y mitad Tuatha Dé, y acaudillo a estos últimos en el transcurso de los numerosos enfrentamientos que tuvieron lugar entre ambos pueblos. Finalmente, en la batalla de Magh Tuiredh, Lugh acabó con la vida de su abuelo materno Balor, rey de los Fomoraibh, dando fin a la guerra.

Los cuatro objetos sagrados de Hibernia

Además, en el Leabhar Ghabhála se menciona una serie de objetos sagrados que los Tuatha Dé Danann trajeron consigo a Hibernia. Estos eran:

  • La Lia Fal: una piedra sagrada que fue depositada en la colina de Tara y tenía la facultad de proferir alaridos cuando era tocada por un rey legítimo.
  • La lanza de Lugh: un asta sangrante capaz de barrer a varios enemigos de una vez cada vez que era lanzada.
  • La espada de Nuadu: una poderosa arma con una hoja que podía atravesar cualquier material, por duro que fuera.
  • El Caldero de Daghda: una marmita proveedora de infinitos alimentos. Muchos estudiosos lo consideran el antecesor del Santo Grial de la literatura artúrica.

Cuchulainn y Fionn

Y dejando a un lado a los dioses, existían en el panteón hiberno unas figuras a las cuales llegaba a rendirse tanto o mayor homenaje: los héroes.

Los dos principales héroes contemplados por los ciclos gaélicos fueron Cuchulainn y Fionn:

Cuchulainn era el hijo de Lugh y Dectera (una doncella, hija de un druida), y el principal guerrero del rey Conor MacNessa de Uladh (el actual Ulster). Fue instruido por una druidesa y dedicó buena parte de su vida a combatir a la reina Madb de Connachta (el actual Connaught), la cual encabezaba una coalición constituida por todos los reinos de Hibernia contra Uladh.

Cuchulainn poseía una lanza mágica llamada Gae Bolga, capaz de lanzar relámpagos contra sus enemigos, y su furia guerrera era tal que el héroe sólo podía sofocarla metiéndose en una cuba de agua helada.

Fionn MacCumhail, por su parte, es presentado por los textos gaélicos como el jefe de una banda de mercenarios errantes: los Finnidh. Al parecer, Fionn y sus hombres recorrieron buena parte de las tierras gaélicas, tanto por Hibernia como por la Dal Riada caledona, deshaciendo entuertos y combatiendo a toda suerte de guerreros, magos, gigantes y bestias varias.

Según cuenta la historia, el hijo de Fionn, un bardo-guerrero llamado Ossian, se separó del grupo en cierta ocasión y acabó perdido en el Sidhe durante siglos. Cuando logró regresar al mundo de los mortales, su padre Fionn y todas las personas que había conocido hacía mucho tiempo ya que habían muerto. Así que finalmente Ossian acabó buscando consuelo en la compañía de un monje llamado Patricio, el cual estaba obcecado en convertir a su fe cristiana a todos los habitantes de Hibernia.

Cristianismo

El Cristianismo en Britania

La Crucifixión -Pintura de Andrea MantegnaA lo largo de la Historia, han surgido innumerables leyendas relativas al Santo Grial, dentro del cual fue recogida la sangre vertida por Cristo en la cruz. Pero quizás la más extendida de todas sea la de José de Arimatea, primer obispo de Britania.

Según cuentan, José de Arimatea era un miembro del Sanedrín (consejo judicial de naturaleza religiosa) de Jerusalén que seguía clandestinamente las enseñanzas de Jesucristo. Al morir éste en la cruz, José de Arimatea se encargó de recoger su sangre en un recipiente y guardarla como la más preciada de las reliquias.

Ya fuera por propia iniciativa o por verse acosado por los restantes miembros del Sanedrín, José de Arimatea partió de Jerusalén y dedicó los años siguientes a predicar su fe por el mundo romano. Cuando al fin llegó hasta Britania, encontró en la colina del Tor (en la actual Glastonbury) el sitio ideal para establecerse y crear una comunidad.

Por aquel entonces, el Tor era una isla rodeada de marismas y en una orilla de ésta clavó el de Arimatea su bastón, indicando así que había llegado al final de su camino. En ese momento, y ante los ojos atónitos de aquellos que le seguían, del mismo bastón brotaron raíces que se hundieron en la tierra y ramas que se alzaron hacia el cielo, desplegando sus hojas al sol de la mañana. La vara se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en un espino, el Santo Espino, que sería venerado a partir de entonces por los siglos de los siglos.

En cuanto al recipiente con la sangre de Cristo, no está claro si en realidad era una copa, una escudilla o una redoma. Lo que sí sabemos es que fue conocido desde entonces como el Santo Grial, y según la misma leyenda, fue depositado por José de Arimatea en el interior de un pozo sagrado para los lugareños.

Hoy en día, el agua de este pozo, conocido como Chalice Well, brota de un manantial surgido bajo las raíces del propio Santo Espino, aún teñida por la propia sangre de Cristo (o por su composición alta en hierro, según como quiera mirarse).

Aunque lo que sí es cierto es que a esta fuente se le atribuyen múltiples cualidades medicinales y milagrosas, bien conocidas a lo largo y ancho de las Islas Británicas, así como en buena parte del norte de Europa.

El Cristianismo primitivo en Britania

Si damos crédito a la leyenda de José de Arimatea, las primeras comunidades de cristianos ya habrían surgido en Britania años antes de la llegada de las legiones de Claudio. Aunque ciñéndonos a la versión oficial defendida por los historiadores, aún tendría que pasar bastante tiempo para que la semilla del Cristianismo fuera floreciendo en forma de comunidades clandestinas a través del Imperio romano, hasta llegar finalmente a una Britania en pleno proceso de romanización.

Las comunidades de cristianos primitivas eran bastante diferentes a lo que hoy conocemos. Más que de monasterios o abadías, se trataba de pequeñas sociedades constituidas por una o varias familias.

Para comprender la forma de vivir dentro de estas comunidades, hay que entender primero que sus miembros eran mayormente judíos. De hecho, entre ellos se mantenían una buena parte de las costumbres y los rituales propios de este pueblo, aunque siempre adaptándose a las enseñanzas predicadas por Jesucristo.

Una de estas enseñanzas era la de no guardar posesiones materiales, prerrogativa que se llevaba a cabo en cierto modo en las primeras comunidades cristianas. En ellas, ningún individuo disfrutaba de posesiones propias. Todo aquello con lo que un recién llegado ingresaba en la comunidad, pasaba inmediatamente a pertenecer a todos sus integrantes.

El trabajo y las obligaciones también se repartían a partes iguales. Los oficios litúrgicos, por su parte, no se contemplaban de la manera que hoy conocemos. En realidad, se limitaban en la mayoría de los casos a una reunión diaria durante la hora de la cena. En el transcurso de ésta, se llevaban a cabo lecturas de las antiguas escrituras, se comentaban las noticias llegadas de otros lugares, se contaban historias y anécdotas, sobre todo relativas a la vida de Jesús, se entonaban canciones tradicionales judías y finalmente se rezaban en grupo unas cuantas oraciones. Puede decirse que se trataba más de veladas desenfadadas y amenas que de oficios religiosos propiamente dichos.

Expansión y persecuciones

Con el tiempo, estas primeras comunidades fueron extendiéndose por buena parte del Imperio y, en cada región, iban modificándose su estructura y costumbres, aunque siempre respetándose su esencia primigenia. Sin embargo, no pasaría demasiado tiempo antes de que estas extrañas comunidades con tintes de secta comenzaran a llamar la atención de sus convecinos y, no mucho después, a sufrir el rechazo y la oprobia por parte de éstos.

En realidad, las gentes consideraban a los cristianos unos locos fanáticos, seguidores de la doctrina de un muerto que una vez atrevió a autoproclamarse Rey de Reyes. Por otra parte, los cristianos se negaban a participar en las ceremonias y actos religiosos oficiales del Imperio, con lo que se creía que despertaban la ira de los dioses. Por todo ello, siempre que ocurría algún tipo de catástrofe, la culpa no tardaba en achacarse a los cristianos, y la plebe no dudaba en arrojarse violentos contra sus comunidades. Además, por si fuera poco, los cristianos se negaban a reconocer la naturaleza divina del emperador, lo que les convertía a ojos del pueblo en poco menos que culpables de alta traición.

Poco a poco, la situación comenzó a hacerse cada vez más difícil de sostener y una buena parte de las comunidades cristianas acabó por sumirse en la clandestinidad. Como una consecuencia de todo esto, el cristianismo tendió a desaparecer de las zonas rurales y a darse cada vez con mayor intensidad en el interior de las ciudades, donde era mucho más fácil guardar el anonimato y pasar desapercibido.

Pero lo peor aún estaba por llegar. En el año 64 d.C., Roma sufrió un gran incendio que acabó por devastarla de parte a parte, y el emperador Nerón no dudó en apuntar con su dedo acusador a los cristianos. Sus argumentos para hacer tal cosa, se cimentaban en la reticencia que los cristianos siempre mostraban a participar en la vida política y religiosa romana. Nerón aseguraba que esto se debía a que odiaban al resto de los ciudadanos, por lo que eran perfectamente capaces de haber provocado el incendio que había dejado a Roma hecha una ruina.

A partir de entonces, tuvo lugar un baño de sangre como nunca había visto la ciudad. Cientos, tal vez miles de cristianos fueron asesinados de las maneras más horribles, a manos de una muchedumbre furibunda. Crucificados, quemados, devorados por los perros... Toda crueldad le parecía poca a un pueblo ansioso de sangre y sediento de venganza.

Sin ir más lejos, fue por estos tiempos que Pedro y Pablo, los más renombrados precursores del Cristianismo, se convirtieron en mártires de su fe, a manos de los romanos.

A la muerte de Nerón, las cosas no es que mejoraran demasiado para los cristianos. El emperador Trajano buscaba cualquier excusa para culpar a un cristiano tras otro de toda guisa de delitos y sentenciarlos a muerte. El emperador Marco Aurelio los detestaba por poseer, según él, un intolerable grado de fanatismo y superstición. Durante su reinado, tuvo lugar una terrible persecución en la Galia a causa de una serie de desastres naturales achacados a los cristianos.

El emperador Septimio Severo prohibió la conversión al Cristianismo y la religión judía. Y el emperador Diocleciano sometió a los Cristianos al más terrible y cruel periodo de persecuciones que habían sufrido hasta entonces.

La legalización del Cristianismo

Finalmente, la suerte pareció cambiar para los cristianos con la subida de Constantino al poder. Resultó ser éste un emperador bastante tolerante con la fe cristiana, y permitió la libertad de culto a todos los ciudadanos del Imperio al promulgar el Edicto de Mediolanum (Milán), con el cual legalizó la práctica del Cristianismo dentro de los límites del Imperio. Para aquel entonces, más del 10 por ciento de la población del Imperio profesaba ya la fe cristiana, cifra que llegó a multiplicarse en apenas unos años.

A partir de entonces, la condición cristiana dejaba de ser una deshonra a ojos de la sociedad para convertirse en una interesante alternativa, bastante bien vista a ojos del estado y el emperador.

La instauración de la Iglesia romana

Finalmente, el Cristianismo se convertiría en la religión oficial del Imperio gracias al Edicto de Tesalónica, promulgado por Teodosio en el año 380.

A partir de entonces, esta religión experimentaría la más notable de sus evoluciones. Roma, tan amante del orden y la estructuración, organizó la Iglesia cristiana en una perfecta disposición jerárquica, muy similar a la que durante siglos llevaba aplicándose en su ejército, con tan notables resultados.

Así se estableció un escalafón compuesto por ocho grados diferenciados: obispo, sacerdote, diácono, subdiácono, exorcista, acólito, lector y ostiario. Los rituales se volvieron cada vez más complejos y muchas de las creencias y celebraciones paganas acabaron por fusionarse con la doctrina cristiana, con objeto de captar cada vez un mayor número de adeptos.

Todo esto provocó que buena parte de los antiguos cristianos abandonaran las ciudades y decidieran establecerse en comunidades agrarias, retomando el espíritu inicial con el que se alimentara la Iglesia en sus orígenes. Aunque a pesar de todo, estas comunidades de monjes acabaron asimismo por jerarquizarse y pronto muchas de ellas hicieron propias las tres reglas que dictara Agustín de Hipona a finales del siglo IV: castidad, pobreza y obediencia.

Por aquellas fechas, no tardaron en surgir por todo el Imperio una gran cantidad de interpretaciones de las escrituras, lo que dio lugar a múltiples tendencias religiosas, muchas de las cuales fueron tachadas de herejía y prohibidas por la Iglesia romana.

La aparición del pelagianismo

En Britania, sin ir más lejos, proliferó la herejía de un monje llamado Pelagio, el cual negaba dos puntos esenciales sobre los que se fundamentaba la Iglesia romana.

Pelagio aseguraba que todo ser humano nacía libre de pecado (nada de nacer ya pecadores por culpa del Pecado Original) y que disfrutaba asimismo de libre albedrío para llevar a cabo durante su vida las acciones que acabarían por salvarle o condenarle (al contrario de lo que aseguraba la Iglesia, que achacaba la salvación individual de cada alma a la Gracia de Dios, el cual salvaba a todo aquel que le profesara fe y se arrepintiera de sus pecados).

Tan arraigado llegó a estar el pelagianismo en Britania, que el obispo Germano de Autessiodurum (o de Auxerre) se vio obligado a realizar dos viajes a la isla con el objeto de combatirla, presumiblemente en los años 429 y 447.

El declive del Cristianismo en Britania

A finales del siglo IV, el Cristianismo se encontraba ya bastante consolidado en Britania, sobre todo en las ciudades del sudeste, precisamente los lugares más impregnados de la cultura y la forma de vida romanas. En las zonas rurales y en las regiones del norte y el oeste, seguía imperando el antiguo paganismo, a pesar de que hacía siglos que los druidas habían sido expulsados de la provincia.

Tras la partida de las legiones romanas en el siglo V, fue precisamente la zona más cristianizada de Britania, el sudeste de la isla, aquella que antes cayó bajo el empuje de las hordas paganas sajonas. Esto supuso un auténtico golpe de gracia para el Cristianismo en la isla, ya que aquellas zonas que no sucumbían al avance sajón, lo hacían al antiguo paganismo celta, promocionado por los señores britanos del norte y el oeste. Así que puede decirse que en pocas décadas, el Cristianismo acabó por ser barrido de la antigua provincia romana de Britania.

El renacer de la fe cristiana

Pero no fue así en Caledonia. Hacía más de un siglo que los hibernos se habían convertido al Cristianismo gracias a San Patricio, y misioneros como Nynniaw y Columbano llevaban décadas convirtiendo a los pueblos de Caledonia a su peculiar variante celta de la fe cristiana. Los misioneros hibernos no tardarían en poner sus miras también en los reinos celtas del oeste, a través de los cuales propagarían su fe en el transcurso de los siglos VI y VII.

Y precisamente a finales del siglo VI, fue cuando el papa Gregorio Magno comenzaría también a cristianizar a los pueblos anglosajones de Britania, maravillado por el aspecto angelical que, según cuenta una historia, vio en unos muchachos anglos que descubrió cierto día en un mercado de esclavos.

Para ello, envió a aquellas tierras a un monje llamado Agustín, a la cabeza de cuarenta monjes benedictinos. Corría el año 597, cuando la comitiva de monjes desembarcó en el reino juto de Kent, y no pasó mucho tiempo antes de que su soberano, el rey Ethelberto, abrazara la fe cristiana a instancias de Agustín.

En el año 601, Agustín fundó un monasterio en Canterbury, y recibió de manos del papa Gregorio la dignidad de obispo. Canterbury pasó a ser a partir de entonces la sede de la Iglesia romana en Britania, y el punto de partida para la evangelización que Agustín y sus seguidores llevarían a cabo entre los sajones en el transcurso de los años siguientes.

Religión sajona

La Religión sajona

Funeral de Baldag -Pintura de Andrei BressanEl sajón, al igual que ocurrió con las restantes naciones germánicas, fue un pueblo forjado a orillas de los tempestuosos mares del norte.

Todo el entorno que les rodeaba se mostraba gigantesco y brutal a ojos de estas rudas e impetuosas gentes: los descomunales acantilados contra los que olas formidables iban a estrellarse en medio de un gran estruendo, los titanes de hielo que surcaban los mares en el transcurso de todo el año, los bosques infinitos extendiéndose a los pies de enormes montañas rocosas, los largos y terribles inviernos que ahogaban la vida bajo su manto gélido durante meses interminables...

Por todo ello, no es de extrañar que los dioses a los que los sajones adoraban fueran tan terribles e implacables, a imitación de la propia tierra en la que les había tocado en suerte vivir.

La creación del universo

La historia germánica que relata la creación del universo refleja bastante bien la forma de ver el mundo que tenían los pueblos del norte.

Al parecer, en el principio de los tiempos todo era vacío. Y en medio de este vacío, dioses y gigantes combatían entre sí, espoleados por el odio que entre ambas razas siempre había existido. En cierta ocasión, el más grande y viejo de los gigantes cayó muerto en combate, y los dioses decidieron entonces moldear sobre él un lugar agradable en el que vivir, al que llamarían Middilgard.

Así que de la sangre del gigante surgieron los océanos, con sus huesos se alzaron las montañas, sus dientes formaron los precipicios, y sus cabellos, los árboles y la vegetación. Finalmente, los dioses tomaron el cráneo del gigante para cubrir este mundo que habían modelado, creando así los cielos, y con sus sesos tejieron las nubes del firmamento.

Los dioses sajones

Los dioses sajones tenían una incuestionable naturaleza guerrera. Sus historias estaban repletas de formidables enfrentamientos y guerras interminables, poderosas armas y devastadores hechizos, pruebas imposibles y descomunales bestias sanguinarias.

Además, existían dos grandes familias de dioses sajones: los êse y los Uuâni. Los êse constituían la rama principal, o por lo menos la más adorada por los mortales. Habitaban en êsegard y debían obediencia a Uuôden, su padre y fundador.

Los Uuâni, por su parte, eran una familia rival que estuvo durante mucho tiempo en guerra con los êse. Aunque con el tiempo, algunos de los Uuâni (como Frô y Frûa) se establecieron en êsegard con Uuôden y los suyos.

Los dioses más destacados del panteón sajón eran:

Uuôden

Principal dios êse, también conocido como Alfadur (Padre de Todo), y soberano de êsegard y Middilgard. Era conocedor del destino que está por llegar y se le adoraba como dios de la sabiduría y de la magia. También se le acostumbraba a invocar en la batalla, pues era bien sabido que siempre escogía a la mitad de los guerreros caídos para llevarlos con él a sus salones del Valholl.

Frî

Diosa êse y divinidad principal de las mujeres. A ella se invocaba tanto en los partos como cuando se deseaba fertilidad. Era la deidad venerada por aquellas afortunadas conocedoras de la antigua magia, así como la matrona de todas las tareas domésticas atribuidas a las mujeres (hilar, tejer, cocinar, etc.), con toda la connotación mágica que ello conllevaba.

Tiu

Dios êse de la guerra, protector del combatiente y, junto con Uuôden, principal objeto de invocación durante la batalla.

Sahsnôt

Su nombre significaba compañero de la espada y era conveniente invocarle en el combate. En él comienza el linaje de la realeza sajona, aunque algunos autores lo identifican con Tiu.

Frô

Dios Uuâni, al que se invocaba como escudo en la batalla, así como para alargar los tiempos de paz. Era también un dios de la fertilidad y del crecimiento en todos sus aspectos. Además, Frô era el señor de los elfos y se le consideraba una conexión con las fuerzas de la naturaleza y los espíritus de los ancestros.

Frûa

Diosa Uuâni relacionada con la fertilidad, la magia y la medicina, aunque también con la guerra. Era la hermana gemela de Frô, lideraba a las valquirias y tenía el privilegio de escoger a la mitad de aquellos caídos en la batalla que no escogía Uuôden.

Thunaer

Dios êse, hijo de Uuôden y de la Tierra. Se erigía como el eterno matador de gigantes y el protector de los reinos de êsegard y Middilgard contra las fuerzas de la oscuridad. A diferencia de su padre Uuôden, Thunaer no se involucraba en los asuntos ni en las batallas de los hombres. Empuñaba siempre un martillo mágico llamado Mjollnirs, el cual siempre regresaba a la mano de su dueño después de ser arrojado y haber golpeado a su objetivo.

Baldag

Dios êse de la luz, la belleza, la pureza y la inocencia. Hijo de Uuôden y Frî, murió atravesado por una flecha disparada por su hermano Hodr, a causa de una conspiración del mezquino dios Loko.

Hodr

Dios êse de la oscuridad y hermano de Baldag. Fue el causante de la muerte de éste, al dejarse engatusar por Loko para dispararle la flecha que acabaría con su vida.

Loko

Dios del mal y del engaño. Aunque habitaba en êsegard con el resto de los dioses, resultaba ser siempre el instigador o causante de todas las desgracias que ocurrían en su entorno.

ôstara

Diosa de la primavera, en cuyo honor tenía lugar la festividad del equinocio de primavera.

El sacerdocio entre los sajones

El vínculo existente entre los sajones y los dioses eran sus sacerdotes, los harguuardos (harguuard en singular). En ellos estribaba la misión de llevar a cabo rituales para atraer el favor divino hacia la tribu. Aunque también podían ejercer como médicos, augures, e incluso consejeros de los reyes o los caudillos tribales.

En cuanto al papel de las mujeres en el ámbito sacerdotal, se sabe que muchas de ellas estaban relacionadas con la diosa Frî y poseían bastos conocimientos mágicos y curativos. Aunque lo que no está demasiado claro es que constituyeran por sí mismas algún género de sacerdocio.

Lo más seguro es que se tratara en realidad de sabias matronas y ancianas que, aún llevando una vida relativamente normal con sus familias, hubieran sido iniciadas en su momento por sus mayores en los misterios de Frî, de los cuales se valdrían además para prestar servicios a sus familiares y vecinos.

La religión en la antigua Britania

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