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Una ventana a la antigua Britania

Pobladores de la antigua Britania

Rey anglosajón supervisando la construcción de una abadía -Ilustración de Angus McBrideCon el transcurso del tiempo, las distintas oleadas invasoras sufridas por Britania dejaron en la isla toda una amalgama de pueblos y culturas. Britanos, caledones, romanos, hibernos y sajones; todos fueron una vez invasores en Britania para, más adelante, convertirse en habitantes de pleno derecho en sus ciudades y poblaciones.

Ya en el terreno de la leyenda, los antiguos relatos galeses aseguran que hubo un tiempo en que Britania fue conocida como Ynys Prydein -la Isla de los Poderosos-, y que en ella convivían dioses y hombres, inmersos en toda clase de mágicas gestas y pasiones desgarradoras. Tal vez, estos relatos no estén del todo desacertados. Pues, en verdad, pudieran haber nacido del recuerdo de tiempos remotos, anteriores a la llegada de los romanos. Tiempos en los que los reyes se ganaran el favor de su pueblo a fuerza de prodigiosas hazañas dignas de un dios, los druidas sumieran a las gentes en la ilusión de un mundo regido por espíritus y fuerzas sobrenaturales, y los objetos encantados y talismanes abundaran por doquier, rigiendo el destino de aquellos que los portaban.

Lo que sí que es cierto es que Britania siempre ejerció una especie de influjo seductor sobre toda suerte de pueblos que, desde el continente, decidieron aventurarse por sus valles y forestas. Pero tal diversidad de gentes morando en la isla tenía su precio. En aquellos tiempos en los que la vida de un extranjero apenas tenía algún valor, los enfrentamientos se sucedían sin descanso y las fronteras parecían moverse con vida propia, alimentadas por la sangre de aquellos que las defendían.

Britanos

Britanos

Refugiados galos llegan a las islas Británicas (siglo I a.C) -Ilustración de Angus McBrideCuando hablamos de britanos, no nos referimos a un pueblo único y homogéneo, sino más bien a una serie de tribus de muy distinta procedencia que, en el transcurso de los siglos, fueron haciéndose un hueco en Britania, hasta hacerse con el control de las dos terceras partes meridionales de la isla.

Si bien es cierto que sería más apropiado considerar también britanos a los caledones, ya que estos moraban en las regiones norteñas de Britania, los romanos no parecieron compartir esta opinión. Para ellos, Britania era única y exclusivamente el territorio que abarcaba su provincia. De esta forma, dieron el nombre de Caledonia a la parte restante de la isla, aquella habitada por aquella amalgama de tribus disidentes que no les ponían las cosas nada fáciles a las tropas fronterizas.

De hecho, la historia no tardaría finalmente por otorgar la razón al juicio de los romanos, pues una vez se produjo la partida de las legiones, el destino de los britanos acabaría corriendo por derroteros bien distintos a la de sus vecinos norteños de Caledonia. Ciertamente, estos últimos demostraron en todo momento ser más habilidosos, o quizá más afortunados, a la hora de mantener su independencia frente a las invasiones procedentes del continente.

Clasificación de las tribus britanas

Antes de la romanización de Britania, podían distinguirse tres grandes grupos de nativos, los cuales se correspondían con las tres grandes oleadas invasoras que, provenientes del continente, precedieron a los romanos:

  • Los britanos preceltas eran auténticos vestigios vivientes de una serie de invasiones que tuvieron lugar unos 2500 años antes de nuestra era, aquellas que los historiadores conocen como del pueblo del vaso campaniforme. De posible ascendencia íbera, sus individuos presentaban una baja estatura y la piel aceitunada, se organizaban en sociedades matriarcales y, aún en tiempos de César, poseían una cultura bastante primitiva, basada en el culto a los dioses y a fuerzas sobrenaturales, aunque influenciada en gran medida por sus vecinos celtas.
    Representantes de los britanos preceltas eran las tribus de los silures y los demetae en Cambria (la actual Gales), y la de los carnabii, establecida en el extremo sudoeste británico (lo que hoy es Cornualles).
  • Los britanos celtas habían arribado a la isla alrededor del primer milenio antes de Cristo, durante las llamadas invasiones de Hallstatt, portando el hierro y una civilización bastante más avanzada que la ya existente. Estos dos factores les valieron para hacerse con buena parte de lo que más adelante sería la provincia romana, bien fundiéndose con las tribus preceltas ya existentes, bien aniquilándolas. Por lo general, sus individuos presentaban estatura elevada y piel pálida, con cabellos que podían variar desde el rubio más claro hasta los tonos castaños o pelirrojos.
    Las tribus celtas britanas más conocidas fueron los dumnoni y durotriges en el sudoeste; los dubonii, cornovii, ordovices, gangani y deceangli en Cambria; los iceni, coritani y parisii en la costa este; y los brigantes, carvetii y votadini en el norte.
  • Los belgas, representantes de la cultura de la Tène y últimos invasores de Britania antes de la llegada de las legiones, comenzaron sus conquistas en el siglo V a.C., estableciéndose en la región sudeste de la isla. Se trataba de gentes con una fuerte ascendencia germánica: altos, corpulentos y de cabellos claros; e integrantes de una sociedad más avanzada que la celta.
    Entre las tribus belgas de Britania encontramos a los belgas, los atrebates, los regni, los cantiaci, los trinobantes y los catuvellauni.

Druidas y reyes

Poco se sabe de la organización política de los antiguos britanos, aunque lo que sí es bien sabido es la importancia que jugaba el papel de los druidas en tal esquema. Los druidas se encontraban en una situación privilegiada que les permitía, no sólo estar exentos de obediencia a los gobernantes de su país o región, sino incluso participar en múltiples ocasiones en sus decisiones, aprovechando la tremenda influencia que sobre ellos podían llegar a ejercer.

Al margen de esto, el rey era la máxima autoridad de la tribu. En continuo contacto con las fuerzas divinas, el monarca debía demostrar en todo momento ser digno de su cargo. Un paso en falso, y las fuerzas de la naturaleza no tardarían en desbocarse en forma de inundaciones, plagas o enfermedades, hasta que el mal fuera reparado o el rey sacrificado y sucedido por alguien más digno del cargo.

La manera por la que un rey era elegido variaba de una tribu a otra. Para los britanos preceltas del oeste, quien realmente gobernaba la tribu era su reina, cargo al que se accedía de forma hereditaria o por designación de los propios druidas. Era quien cuidaba de la tierra y mantenía el vínculo entre su pueblo y los dioses. Junto a la reina, se encontraba un rey consorte, elegido por ella y susceptible de ser cesado o sustituido en el cargo en cualquier momento. En él se delegaba la obligación de defender las tierras de la reina y de enriquecerlas a costa de las posesiones de sus vecinos.

Los britanos celtas, por su parte, debían obediencia a un rey tribal, el cual, por lo común, habría llegado al poder por la fuerza o por méritos propios. Aunque también era posible la sucesión hereditaria o incluso que fueran los druidas quienes impusieran a su propio candidato en el trono.

Por último, entre los britanos belgas, parece ser que la forma más común de sucesión era por herencia, aunque no es descartable que, en ocasiones, un noble llegara al poder por la fuerza, por contar con el apoyo de otros nobles o por designación de los druidas.

Con frecuencia, sobre todo entre los belgas del sudeste, el rey tomaba decisiones o dictaba leyes apoyándose en un Consejo, constituido por druidas, nobles influyentes e incluso familiares.

La nobleza y el pueblo llano

Por debajo del rey se encontraba la aristocracia guerrera: príncipes, caciques y jefes de clan; cuyas fuerzas por lo general se costeaban con el fruto de las incursiones y el saqueo a los enemigos caídos tras los enfrentamientos. Los nobles debían obediencia y tributo a su monarca y, a cambio, contaban con su protección. Aunque ellos, por su parte, deberían acudir en apoyo del rey siempre que éste lo requiriera.

En cuanto al pueblo llano, por lo general se dedicaba a la agricultura y al pastoreo, siendo cada familia prácticamente autosuficiente en cuanto a la elaboración de sus propios enseres y alimentos. Aunque, sobre todo en las ciudades del sur, podían encontrarse también comerciantes, marinos, artesanos, constructores, carpinteros y todo tipo de oficios especializados.

Los esclavos

Como todas las sociedades guerreras, los britanos practicaban la esclavitud a gran escala. Por lo general, los esclavos llevaban a cabo los trabajos más sufridos, sobre todo para la nobleza o la clase guerrera, que eran quienes normalmente se podían permitir su adquisición y mantenimiento. Por poner un ejemplo, las minas y canteras que algunos señores poseían en sus territorios eran explotadas, en su mayor parte, a costa del trabajo de sus esclavos. Por otro lado, no era infrecuente que algunos guerreros contaran con una esclava en su hogar para que lo cuidara, y mantuviera además el lecho caliente durante su ausencia.

Caledones

Caledones

Ejército picto (siglos V a VIII d.C) -Ilustración de Angus McBrideAunque los caledones eran britanos en esencia, pues habitaban las regiones del norte británico, no fueron así considerados por los restantes pueblos de la isla.

Todo comenzó durante la ocupación romana, cuando desde Roma se decidió rebautizar a las tierras salvajes e indómitas del norte de Britania con el nombre de Caledonia, privando así a sus habitantes de la identidad britana que por derecho les correspondía. Y como Caledonia fue conocida también por los anglos y escotos que siglos después la invadieron; manteniéndose este nombre por largo tiempo, hasta que finalmente fue sustituido por el de Escocia.

Los caledones, por su parte, jamás dejaron de sentirse britanos. Es más, durante siglos dedicaron todo su esfuerzo en lanzar ofensivas contra los intrusos romanos, en un intento de liberar a sus tribus hermanas, oprimidas bajo el yugo del Imperio.

Clasificación de las tribus caledonas

Al igual que ocurría en el caso de los britanos, las tribus caledonas no estaban cortadas por un mismo patrón. De hecho, podía encontrarse en Caledonia clanes preceltas y celtas, estos últimos tanto de origen británico como goidélico. Así, mientras que en las tierras bajas del sur, lindantes con el territorio romano, dominaban las tribus celtas de origen britano, como selgovae, otalini y damnonii; al norte del estuario de Boderia (el actual estuario de Forth), lo más habitual era encontrar un mestizaje entre preceltas y celtas de origen goidélico. De este género parece que eran las tribus pictas que, a partir del siglo III d.C., se hicieron con el control de todas las tierras altas del norte, llegando a convertirse en un auténtico problema, tanto para las tribus de las tierras bajas, como para las tropas romanas destinadas en el muro fronterizo.

Los pictos

De baja estatura, piel morena y cabellos por lo general oscuros, los pictos acostumbraban a lanzarse a la batalla en auténtica desbandada, desnudos o semidesnudos, y recubiertos cuerpo y rostro con tatuajes y pinturas de guerra de naturaleza religiosa. Es posible que fuera esta cualidad la que les hiciera ganarse el nombre de pictos ante los romanos, o quizá la causa estuviera en el velamen teñido de glasto que lucían sus embarcaciones. Por su parte, los escotos procedentes de Hibernia los conocían como cruithni, que igualmente significa pintados.

La sociedad picta era de carácter matriarcal. Los campos y posesiones se heredaban de madre a hija, y eran las mujeres quienes llevaban a cabo todas las tareas del hogar y la tierra; mientras que los hombres se dedicaban la mayor parte del tiempo a hacer la guerra y a defenderse de sus vecinos.

Asimismo, la herencia del gobierno de una tribu o reino se llevaba a cabo por línea materna. La reina era la verdadera gobernante del país, mientras que un rey consorte de su elección tenía delegadas todas las funciones militares.

Se piensa que el culto religioso de los pictos no difería demasiado del practicado por britanos o hibernos. Los druidas tenían entre este pueblo un gran poder e influencia, y no era infrecuente que los gobernantes se dejaran orientar por sus consejos.

Los reinos pictos

Siete eran los reinos pictos que se hicieron con la soberanía de las tierras situadas al norte del estuario de Boderia: Caitt, Fidach, Ce, Circenn, Foclaid, Fortrenn y Fib. Aunque también se piensa que las islas Epideae, Ebudes y Orcades (Hebridas Interiores, Hebridas Exteriores y Orcadas) estuvieron bajo su dominio, seguramente como parte del reino de Caitt. Es posible que también el reino de Galwyddel (actual región de Galloway), fuera igualmente picto.

A estos reinos pictos es a los cuales debemos hoy la posterior aparición de Escocia. Pues fue de la unión de todos ellos y de su fusión con el reino escoto de Dal Riada y con el reino britano-caledón de Strathclyde, todo ello de mano del rey picto Angus Mac Fergus, que surgió en el año 730 la simiente de lo que hoy es la nación escocesa.

Hibernos

Hibernos

Caudillo hiberno con su escolta (siglo IV o V d.C) -Ilustración de Angus McBrideLos hibernos eran los habitantes de la gran isla situada al oeste de Britania, al otro lado del mar, conocida por los romanos como Hibernia (la actual Irlanda).

Se repartían en un gran número de tribus, las cuales no eran necesariamente todas de naturaleza goidélica. De hecho, es bien sabido el origen precelta-goidélico (similar al de los pictos) de algunas de estas tribus, como los Emain Macha y los Magh Airtig del norte de la isla; o la ascendencia belga, gala y celta británica de otras, como los Dún, los Brí Leith y los Loughrea.

Los romanos jamás llegaron a controlar la isla, aunque existen pruebas arqueológicas de su estancia en ella. Incluso Julio César en su Guerra de las Galias, da testimonio de haber intentado someter Hibernia sin demasiado éxito. De cualquier manera, lo que sí se sabe a ciencia cierta es que los habitantes de Britania fueron durante siglos el objetivo de incontables incursiones de pillaje y saqueo, así como de un buen número de intentos de invasión -algunos de ellos con éxito-, por parte de las tribus hibernas.

La invasión a tierras británicas más conocida efectuada por hibernos fue la de la tribu de los Dal Riada (llamados escotos por los romanos) en el siglo III d.C., sobre tierras del oeste de Caledonia. Por otro lado, existen indicios de otras invasiones procedentes de Hibernia. Más concretamente en el norte y el sudoeste de Cambria (la actual Gales), donde llegaron a existir importantes colonias hibernas durante los siglos IV y V.

Descripción racial

Por lo general los hibernos, dado su origen goidélico, eran individuos de elevada estatura, constitución estilizada, piel muy pálida y cabellos claros, generalmente rojizos y castaños.

Eran amantes de la guerra y de la buena bebida, y no acostumbraban a perder la oportunidad de escuchar una canción o relato sobre hazañas épicas o antiguos guerreros legendarios.

La sociedad hiberna

La sociedad hiberna se estructuraba en clanes, encabezados por un caudillo guerrero. De la agrupación de estos clanes surgían las tribus, lideradas por un rey menor; y de la unión de estas tribus se daban los reinos, gobernados por un rey. Algunos historiadores se basan en una serie de escritos antiguos irlandeses, impregnados de ciertos tintes nacionalistas, para afirmar que existió en la colina de Tara, en el reino de Midhe, un Alto Rey al que se encontraban sometidos todos los demás soberanos de la isla.

En cuanto al resto de reinos hibernos, sabemos que los principales de ellos se correspondían con las cuatro regiones en las que actualmente se divide Irlanda. Así, a lo largo de los siglos, se destacaron por su importancia los reinos de Connachta, Laigin, Mumhan y Uladh. Aunque también cabe mencionar otros reinos tales como Erainn, Orghialla o la propia Dal Riada, que llegó a extender su territorio por tierras de Caledonia.

Cada caudillo o señor disponía en Hibernia de su propio ejército o banda de guerreros, cuyos honorarios eran tantos como el botín obtenido en el transcurso de las campañas. Los guerreros también podían ser gratificados con esclavos, a los cuales podían decidir vender o mantener en su hogar; bien para que mantuvieran sus haciendas o negocios, bien para que cuidaran del hogar y les dieran hijos. Esto último, evidentemente, se daba en el caso de mujeres capturadas durante saqueos a poblaciones enemigas.

Un buen ejemplo de esclavitud en Hibernia lo encontramos en la vida de San Patricio, quien en su juventud fue capturado en Britania por una banda de saqueadores hibernos, y llevado a la tierra de estos en calidad de esclavo, donde permaneció hasta que logró escapar años después.

Los druidas

Los druidas en Hibernia disfrutaban de un importante estatus social. Se encontraban en un plano equivalente al de los reyes o caudillos de una región. No sólo no les debían obediencia, sino que incluso, en algunas ocasiones, eran los propios gobernantes los que se veían obligados a acatar su dictados.

La sede del poder druídico en Hibernia se encontraba en Tara. Allí, en lo alto de una colina, se erigía la Lia Fail, la mítica Piedra del Destino, llevada a Hibernia siglos antes por los Tuatha De Danann, una tribu legendaria que ocupara la isla antes de la llegada de los goidélicos. Era junto a esta piedra que se ungía a los altos reyes, por medio de una solemne ceremonia religiosa en la que se hacía partícipes a sus dioses. Y eran estas divinidades las que, en última instancia, decidían si el candidato era merecedor del cargo, haciéndoselo saber por medio de señales a los allí asistentes.

Romanos

Romanos

Legionario, centurión y arquero auxiliar romanos (siglo II o III d.C) -Ilustración de Ronald EmbletonLa llegada de los romanos a Britania, aunque no estuvo exenta de violencia y acciones injustas, permitió a los habitantes de la isla superar de una vez por todas la Edad de Hierro, en la cual se había quedado estancada durante los últimos siglos.

Pax, progressio et civilitas (paz, progreso y urbanidad) fue en esencia lo que Roma ofreció a las tribus británicas. Y aunque la romanización de la isla no estuvo ni mucho menos exente de altibajos, finalmente se llegaron a cumplir estos objetivos, y Britania se convirtió en una provincia más del Imperio, que en nada tenía que envidiar a otras del calibre de la Galia o de la propia Hispania.

Poco a poco, Britania comenzó a cobrar cada vez una mayor importancia política en los turbulentos flujos de poder romanos. Tanto fue así, que tres emperadores, Constantino, Magno Clemente Máximo y Constantino III, fueron elevados al poder de mano de las siempre descontentas legiones británicas.

En definitiva, los romanos legaron a Britania la civilización, sus leyes y construcciones, su administración y sus calzadas, así como su forma de ver la política y la guerra, cambiando para siempre el modo vida de buena parte de sus habitantes.

El romano como raza

Los romanos de origen puramente latino presentaban unos rasgos raciales acordes con los de los restantes pueblos mediterráneos: escasa estatura, piel morena, cabellos muy oscuros y rostro aquilino de expresión severa. No obstante, la continua expansión geográfica que durante siglos experimentó su civilización terminó por cobrarse un alto grado de mestizaje entre sus individuos. Griegos, íberos, asiáticos, egipcios, galos, germanos... Poco a poco, en un principio como esclavos y, más adelante, como parte integrante de la sociedad romana, todos los pueblos conquistados aportaron su grano de arena en la gran Babilonia racial y cultural que supuso Roma para el mundo entonces conocido.

Llegados a este punto, debía resultar difícil encontrar una familia de sangre puramente latina, a pesar de que las grandes estirpes romanas aseguraban remontarse por línea directa hasta los fundadores de su patria. Y es seguro que Britania no era una excepción a esto. En las calles de sus ciudades debió haber sido bastante común encontrarse con soldados y funcionarios romanos, marineros y mercaderes griegos y asiáticos, esclavos germanos, pictos y africanos, y toda una mezcolanza de individuos de los más distintos orígenes, cada uno de ellos con su propia cultura, religión y costumbres.

El gobierno y la administración romanos en Britania

Pero la verdadera romanización en Britania tuvo lugar principalmente en sus ciudades, y más concretamente en las situadas en la mitad sudoriental; aquélla que se encontraba delimitada por una línea imaginaria que atravesaba la isla desde Isca Dumnonium (la actual Exeter) hasta Lindum (la actual Lincoln)

En el resto de la provincia la vida de los nativos no cambió demasiado durante la ocupación romana, conservándose casi intactas su cultura y sus costumbres. No sucedió así con su religión, pues desde que en el año 59 d.C. el gobernador Suetonio Paulino aniquilara a los habitantes de la isla de Mona (la actual Anglesey), una de las principales sedes religiosas de Britania, los druidas fueron perseguidos por toda la provincia, viéndose obligados a esconderse o huir hacia las tierras norteñas de Caledonia.

La provincia de Britania fue regida durante siglos por un gobernador militar con sede, primeramente en Noviomagus Regnorum (la actual Chichester), y tras la rebelión de Boadica en Londinium (la actual Londres).

Ya en el siglo IV, Constantino llevó a cabo importantes reformas en la administración romana, basándose en el modelo que ideara años antes su antecesor Diocleciano. El Gobernador de Londinium perdió su naturaleza militar, limitándose sus funciones únicamente al ámbito civil. Así, el mando del ejército se repartió entre un comes britanniarum, el cual tenía bajo sus órdenes a las tropas comitatenses (de campaña), y un dux britanniarum, quien lideraba las tropas limitanei (fronterizas) de la frontera norte.

Por otra parte, en la costa sudeste de la isla se estableció un comes litoris saxonici per britanniam, al mando de las tropas del litoral y la armada, destinados a malograr las cada vez más frecuentes incursiones sajonas. Este cargo no tardó en ser ocupado por mercenarios de origen sajón, lo cual aseguraba una defensa más efectiva de la zona.

Estructuración social

Básicamente, la sociedad romana estaba constituida por tres clases sociales: patricios, plebeyos y esclavos.

Los patricios constituían la clase dominante y se les concedía mayores derechos y privilegios que a los restantes habitantes del Imperio. Disfrutaban de beneficios fiscales, políticos y jurídicos. No en vano aseguraban ser descendientes de las familias primigenias de Roma.

Los plebeyos constituían el pueblo llano, miembros de las naciones conquistadas por Roma a lo largo de su historia. En los tiempos del Imperio, eran hombres libres y ciudadanos romanos, aunque su derechos diferían en muchos aspectos de los de los patricios. En el plano político, estaban representados por un tribuno de la plebe, el cual tenía poder para revocar órdenes de otros magistrados en beneficio del pueblo. Podían acceder al ejército, pero únicamente promocionaban hasta el grado de centurión. Los cargos de tribuno y legado eran de naturaleza política y por tanto reservados a miembros del patriciado.

Los esclavos constituían el auténtico pilar de la economía romana. Se trataba por lo general de prisioneros de guerra, aunque también podía adquirir la condición de esclavo cualquier ciudadano romano, en cumplimiento de una sentencia judicial. En un principio la vida de un esclavo era propiedad de su señor, quien podía disponer de ella a su libre antojo. Aunque con el transcurso del tiempo, las leyes romanas se endurecieron, sancionando a aquellos que mataran, o incluso maltrataran sobremanera, a sus esclavos.

Por otra parte, la condición de esclavo no era necesariamente inalterable. Un esclavo podía comprar la libertad a su amo, o éste podía concederle voluntariamente la manumisión (devolución de la libertad) por medio de un procedimiento legal, bien en vida, bien por medio de su testamento. En todos los casos, el esclavo adquiría la condición de liberto (o esclavo liberado). El liberto presentaba la condición de ciudadano romano, aunque con limitados derechos políticos y obligado aún en varios aspectos a su patrono (antiguo amo).

Los romanos y la religión

El romano era un pueblo altamente supersticioso. Tanto era así que su religión era toda una amalgama de dioses y rituales, que habían ido tomando prestados de los distintos pueblos que se encontraban bajo su dominio. Parece ser que los romanos adoptaron tantas divinidades solamente para cubrirse las espaldas. Si los britanos, por poner un ejemplo, adoraban a Sulis, lo más prudente era hacerla un huequecito en el panteón romano, no fuera que la diosa existiera de verdad y le diera por enfurecerse con su pueblo.

Con el tiempo, los romanos llegaron a contar con cientos de divinidades, por lo que poco a poco las familias o individuos terminaron por rendirle fe tan solo a uno o varios de estos dioses, especializándose en su culto particular. Esto resultó ser un estupendo campo de abono para la posterior llegada del cristianismo a tierras romanas. En un principio los cristianos fueron perseguidos y aniquilados, por considerarse miembros de una secta peligrosa para el estado. Pero en el año 313 d.C. el Emperador Constantino legalizó el Cristianismo por medio del Edicto de Mediolanum (o de Milán). Aunque, para entonces, al menos una décima parte de los habitantes del Imperio ya profesaba esta fe en secreto.

El Cristianismo tardó algún tiempo más en llegar a tierras británicas. Aunque su práctica se limitó por lo general al ámbito de las ciudades, principalmente las del sur y el este, donde tuvo que compartir protagonismo con otros dos cultos de origen oriental: Mitra e Isis. Mientras que en las zonas rurales siguió profesándose culto a los viejos dioses britanos, a pesar de la ya mencionada aniquilación de la isla de Mona.

Sajones

Sajones

Muerte de un caudillo sajón en la batalla (siglo V a VII d.C) -Ilustración de Gerry EmbletonA pesar de que lo más frecuente sea usar el término sajones de manera general, costumbre que nos fue legada por los romanos, esto puede llevar a alguna que otra confusión.

En realidad, lo que hoy conocemos como pueblo sajón se componía de cuatro naciones diferentes, procedentes del norte de Europa y poseedoras de unas características raciales y culturales compartidas. Todas ellas llevaron a cabo numerosas incursiones sobre la costa sudeste de Britania, la cual acabó por ser conocida por los romanos como la Costa Sajona.

El individuo sajón presentaba unos rasgos puramente germánicos: Piel, ojos y cabellos muy claros, alta estatura y constitución fornida. Acostumbraban a dejarse crecer barba y cabellos, los cuales en ocasiones recogían en trenzas, y usaban gruesas pieles para protegerse de los golpes durante la batalla.

Una característica que distinguía a los sajones de otras naciones germánicas era la costumbre que tenían sus guerreros de llevar entre sus armas un cuchillo largo de un solo filo llamado sahs, al cual debían el nombre de su pueblo (observar la similitud entre los términos sahs y sajón).

Las naciones sajonas

Las cuatro naciones conocidas como sajonas fueron las siguientes:

  • Frisios o frisones: oriundos de la desembocadura del río Rhenus (Rhin), no establecieron ningún asentamiento de importancia en Britania, contentándose la mayor parte de las veces con llevar a cabo incursiones de pillaje y pirateo en las poblaciones costeras. Sin embargo, en su patria sí que aprovecharon la coyuntura, haciéndose con gran parte de las tierras continentales que los restantes pueblos sajones dejaron desocupadas, forjando así un poderoso reino que llegó a tener un gran peso en el norte europeo.
  • Jutos: fueron los primeros en establecerse realmente en tierras británicas. Procedían de la península de Jutlandia y, según cuenta la leyenda, desembarcaron en Britania en calidad de mercenarios, invitados por un rey local llamado Vortigern. Los jutos no tardaron en traicionar a su anfitrión, apoderándose de todas sus tierras.
    Históricamente hablando, se sabe que los jutos se asentaron en tierras de los cantiaci alrededor del año 449; extendiendo en poco tiempo sus dominios por buena parte del territorio situado al sur del bajo Tamesa (Támesis). Llegaron también a apoderarse de la isla de Vectis (la actual Wight).
  • Sajones: originarios de la costa norte germana, al este de la desembocadura del Rhenus, invadieron Britania en continuas oleadas, cada una bajo el mando de distintos caudillos, por lo que resulta evidente que este pueblo se encontrara dividido en varias facciones distintas.
    Fue aproximadamente en el año 477, cuando una hueste de sajones, posiblemente acaudillados por el rey Aelle, desembarcó en la costa meridional de Britania para fundar el reino de Sussex. Cerca del año 495, un nuevo ejército sajón, parece ser que liderados por el rey Cerdic, tomó las tierras circundantes a Durnovaria (la actual Dorchester), fundando el reino de Wessex. Poco después, alrededor del año 527, una tercera oleada invasora de sajones encabezada por el rey Aescwine fundaba el reino de Essex al norte del Tamesa.
  • Anglos: procedentes de las tierras que se extendían al sur de Jutlandia, los anglos fueron los últimos en reclamar su porción del pastel de Britania, bien entrado ya el siglo VI. Es posible que, al igual que ocurriera con los sajones, los anglos estuvieran divididos en varias facciones encabezadas por distintos caudillos.
    Alrededor del año 540, se estableció el reino de Anglia Oriental en tierras de los iceni (al este del río Great Ousse). Poco después, partiendo de este reino, se fundó algo más al oeste el de Mercia. Sobre el año 547 apareció en el norte el reino de Bernicia, a partir de la base del reino britano de Brynaich. Y aproximadamente en el 559 nació el reino de Deira, fruto de la conquista de otro reino britano llamado Deywr, de manos de un tal rey Aella. En el año 604, los reinos de Bernicia y Deira se unirían bajo el reinado del rey Aethelfrith, dando lugar al poderoso reino de Northumbria.

La sociedad sajona

La sociedad sajona se encontraba estructurada en torno a tres clases sociales: ethilingos, frilingos y thiouuos. Por encima de todos se encontraba el rey, normalmente designado por línea hereditaria. Por lo general, un rey no gobernaba solo y contaba con el apoyo de un uuiton o consejo, constituido por señores y sacerdotes. Cuando un rey era lo suficientemente poderoso como para destacar de entre otros reyes sajones e imponerles su autoridad, normalmente se atribuía el título de Bretwalda, o lo que es lo mismo, Rey de los Británicos.

Por debajo del rey, estaban los ethilingos (del singular ethiling) o aristocracia guerrera. Entre ellos se encontraban los theganos (del singular thegan), nobles de la más alta alcurnia encargados de gobernar un gô (plural gôe). Un gô era una comunidad constituida por entre diez y treinta familias.

Los frilingos (del singular friling) eran los hombres libres. Algunos de ellos eran propietarios de sus propias tierras, aunque por lo general se establecían en las tierras de un thegan, a cambio de un alto arriendo y de acudir a las armas siempre que les fuera requerido (un contrato feudal en toda regla, vamos).

Por último, se encontraban los thiouuos (del singular thio) o esclavos, por lo general prisioneros de guerra, encargados de las tareas más duras y sufridas. Según las leyes sajonas, un hombre nacido de madre esclava y padre libre sería libre por derecho propio. Sin embargo, si se daba el caso contrario, un nacido de padre esclavo y madre libre, sería considerado esclavo.

Cuando un esclavo se ganaba la libertad, se convertía en un lât (plural latôs), una especie de liberto con casi todos los privilegios de un hombre libre.

Los sajones y la religión

Los sacerdotes sajones eran conocidos como harguuardos (del singular harguuard) y ostentaban una posición social parecida a la de los druidas, si bien debían tener algo más de cuidado que estos en guardar obediencia a su señor, al cual habían jurado fidelidad. Los señores sajones eran hartamente supersticiosos y acostumbraban a pedir consejo a sus sacerdotes antes de tomar una decisión importante, lo cual confería a estos últimos un gran poder sobre el gobierno del reino.

Pobladores de la antigua Britania

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