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Una ventana a la antigua Britania

Historia de la antigua Britania

Colina de Tor, GlastonburySu privilegiada posición, al otro lado del Canal de la Mancha, ha permitido a Britania mantenerse, en multitud de ocasiones, al margen de la tortuosa trayectoria sufrida por el resto del continente en el transcurso de su historia. Una y otra vez, toda suerte de pueblos invasores tuvieron a la vista las costas de Britania, sin llegar a decidirse por cruzar las aguas que entre ellos y la isla se interponían. Sin embargo, no siempre fue así.

En realidad, fueron bastantes los pueblos que, durante el devenir de los siglos, se vieron atraídos por estas tierras, cubiertas de brumas y misterio, en las que lo humano y lo divino parecían fundirse en una única y desconcertante realidad.

La primera invasión de la que tenemos conocimiento la protagonizaron una serie de naciones preceltas, conocidas como el pueblo del Vaso Campaniforme, unos 2500 años antes de nuestra era.

Posteriormente, a comienzos del primer milenio antes de Cristo, arribaron a Britania las primeras tribus celtas. Éstas no tardaron en dejar patente su superioridad numérica y tecnológica (hierro contra bronce), arrebatando cada vez más territorio a sus ocupantes anteriores.

A partir de entonces, muchas fueron las tribus celtas que a lo largo de los siglos irrumpieron en tierras británicas, para hacerse cada una con su pequeña parcela de poder.

Tras algún que otro intento fallido de conquista, los romanos lanzaron su ofensiva definitiva sobre territorio británico en el año 43 d.C. Casi cuatro siglos duró el dominio romano, repleto de conflictos y altibajos. Aunque finalmente, en el año 407, las legiones abandonaron la isla. A su cabeza, un Constantino III ávido de poder, que se lanzó con todas sus energías a la conquista del trono de Roma.

Fue en ese instante cuando se dio el pistoletazo de salida de lo que sería una carrera desenfrenada hacia el poder. Infinidad de caudillos y jefes locales impusieron su autoridad sobre territorios más o menos extensos, dando lugar a un buen número de reinos de carácter britanorromano. Por desgracia, la mayoría de estos reyezuelos se encontraban más interesados en las posesiones de sus vecinos que en vigilar sus propias fronteras contra los tradicionales enemigos de Britania: hibernos y sajones. Y fueron sobre todo estos últimos quienes se llevaron finalmente el gato al agua. A mediados del siglo VI, los reinos anglosajones abarcaban la casi totalidad del territorio de lo que pronto comenzaría a conocerse en Europa como Inglaterra.

Britania prerromana

La Britania prerromana

Fortaleza neolítica de MaidenAlrededor del año 5000 a.C., las tribus neolíticas preindoeuropeas, que poco a poco iban extendiéndose por Europa tras la última recesión glaciar, comenzaron a asentarse en la costa suroriental de Gran Bretaña. Se trataba de pequeños agrupamientos de poblados caracterizados por una primitiva organización social. Eran agricultores y ganaderos aunque complementaban su alimentación a base de caza y pesca. Estas gentes aún desconocían el uso del metal, por lo que sus herramientas eran muy rudimentarias, hechas en su mayor parte de madera y piedra pulida.

Poco a poco, estas poblaciones fueron creciendo y extendiéndose a lo largo y ancho del territorio británico. Sin embargo, una sociedad tan primitiva, dispersa y desorganizada estaba condenada a desaparecer tarde o temprano. Y fue sobre el año 2500 a.C. que una serie de naciones indoeuropeas, conocidas por los investigadores como el pueblo del Vaso Campaniforme, llegó a Gran Bretaña procedente de la zona del Caucaso.

El pueblo del Vaso Campaniforme

Esta nación ya trabajaba el bronce, por lo que no tardó en demostrar su superioridad y hacerse con el control de la parte sudoriental de la isla, fusionándose en mayor o menor medida con la población autóctona. La mayoría de los investigadores atribuye a este pueblo precelta el levantamiento de las grandes construcciones megalíticas, de las que Stonehenge es el ejemplo más significativo, y que poco a poco acabaron por extenderse por todo el territorio británico.

Las grandes fortalezas neolíticas, como Maiden (en la costa sur) y Old Sarum (en la llanura de Salisbury), las cuales hoy podemos apreciar como enormes montículos de tierra, también parecen ser obra suya. De hecho, la presencia de tan formidables bastiones defensivos resulta bastante significativa, pues nos permite deducir que, ya por aquellos tiempos, eran frecuentes los enfrentamientos a gran escala entre las distintas tribus británicas.

Las invasiones celtas

A comienzos del primer milenio a.C., empezaron a darse las primeras invasiones de pueblos celtas a la isla, siempre por el sudeste y partiendo desde la costa norte francesa. Estas tribus, a las cuales los investigadores encuadran dentro de lo que se denomina la cultura de Hallstatt, eran ya capaces de trabajar el hierro. Esto supuso un factor decisivo que les permitió imponerse finalmente a las tribus autóctonas y hacerse con el gobierno de sus territorios, asimilando en buena medida su población y su cultura.

Pero el conocimiento del hierro no sólo les proporcionaba armas de calidad superior a las de bronce, sino que les equipaba con mejores utensilios de labranza y herramientas apropiadas para construir ciudades amuralladas. El carro fue otra de las innovaciones que los celtas llevaron consigo a Gran Bretaña, al cual daban un uso tanto en el faenar diario como en la guerra. Por aquellos tiempos, no era extraño que los jefes británicos acudieran a la batalla, imponentes sobre sus grandes carros de guerra acorazados, sembrando la muerte y el pánico entre las huestes enemigas.

Una segunda oleada de invasiones celtas tuvo comienzo a mediados del siglo V a.C. Estos pueblos, pertenecían a lo que se conoce como la cultura de la Tène, siendo sus representantes más característicos las tribus belgas que, procedentes de la Galia, se asentaron en los territorios del sudeste británico.

El nombre que tradicionalmente se da a Gran Bretaña en lengua galesa, deudora directa de los antiguos dialectos celtas britanos, es Ynys Prydein (la Isla de los Poderosos). Así que es bastante probable que, por aquellos tiempos, la isla recibiera tal nombre (con la evidente variación resultante de la evolución lingüística).

Las campañas de Julio César

En el año 58 d.C., Cayo Julio César daba comienzo su famosa campaña, que tendría como resultado el control romano sobre todos los territorios de la Galia. Aliadas tradicionales de los galos, con quienes mantenían además una fructífera relación comercial, las tribus del sur de Britania (nombre por el cual era conocida la isla por los romanos), no tardaron en darse cuenta de la amenaza que suponía la proximidad de las fronteras romanas a sus territorios. Por ello, los britanos hicieron cuanto pudieron por alentar la rebelión en los territorios galos ya sometidos, enviando además toda la ayuda que les fue posible. Esto costó un alto precio a los reyes británicos, ya que Julio César no tardó en conseguir pruebas claras de tal colaboración, lo que le sirvió como excusa para lanzar su primera invasión a Britania en el año 55 d.C., seguida de una segunda campaña al año siguiente.

En el transcurso de estos dos años, César consiguió derrotar a su más importante adversario en la isla, el rey Cassivellaunus (Caswallwn. Aunque no logr,ó sin embargo, consolidar su posición en los territorios conquistados, pues las constantes revueltas en la Galia y las presiones de Pompeyo y Craso en el Senado romano le obligaron finalmente a regresar al continente. Aunque, eso sí, antes de partir, se aseguró de que los vencidos le prestaran juramento de fidelidad y tributo.

Ya no había vuelta atrás, Britania había entrado finalmente en el universo romano, y este ambicioso pueblo mediterráneo no pararía hasta verla sometida por completo a sus armas y su cultura.

Conquista romana

La conquista romana de Britania

Fortaleza romana de CaerleonLas campañas de Julio César en Britania contra Cassivellaunus (Caswallwn), durante el 55 y el 54 a.C., sólo fueron el principio del fin para los numerosos reinos célticos independientes que hasta entonces se habían repartido el pastel de la isla.

Tras su partida de regreso al continente, cargado de rehenes y promesas de fidelidad y tributo a Roma, César jamás volvió a pisar la isla con sus legiones, ocupado como estuvo desde entonces en asuntos de mayor urgencia. Primeramente se vio obligado sofocar una revuelta que, acaudillada por Vercingetorix, estalló en las Galias ese mismo año. La tarea llevó dos largos años a César, hasta que, en el año 52 a.C, Vercingetorix capituló y rindió sus armas a los pies del romano. El caudillo galo sería trasladado como prisionero a Roma, donde moriría algunos años después.

Poco después, en el año 49 a.C., César se vio inmerso en una guerra civil contra Pompeyo y sus seguidores, traba que le llevó otro año más resolver.

El resto de su vida, Julio César lo ocupó en estabilizar su posición en las esferas del poder romano, lo que finalmente le costó la vida un 15 de marzo de 44 a.C.: día fatal en el cual fue cosido a puñaladas por una jauría de senadores descontentos, encabezados por Cayo Casio y Marco Junio Bruto.

Mientras tanto, los años transcurrían en Britania, y las viejas promesas iban cayendo poco a poco en el olvido. Los sucesores de César, ocupados en otros quehaceres, no mostraron demasiado interés por la isla, por lo que la presencia de los romanos en Britania acabó por convertirse para sus habitantes en poco más que un mal recuerdo.

La conquista de Claudio

No fue hasta los tiempos del emperador Claudio, en el 43 d.C., que Roma volvió a poner sus ojos en tierras británicas. En ese año fatídico, un poderoso ejército de 50.000 hombres, dirigido por el proconsul Aulo Plaucio, desembarcó en tierras de los cantiaci (el actual condado de Kent). Una vez más, los britanos se habían visto sorprendidos por sus invasores romanos, aunque tampoco esta vez dudaron en presentar una enconada resistencia.

A la cabeza de las fuerzas británicas se encontraban Caractacus (Cradawg) y Togodumnus, hijos del rey Cunobelinus (Cynfelyn), lider de la confederación establecida entre las tribus de los catuvellauni y los trinovantes. Así, tuvo lugar un formidable encontronazo entre los dos ejércitos, en el que de nuevo los britanos fueron estrepitosamente derrotados por el poderío de las legiones romanas.

Muerto Togodumnus en el campo de batalla, su hermano Caractacus logró escapar a las profundidades de los valles de Cambria (la actual Gales), donde dedicó los años siguientes a ganar para su causa a los reyezuelos que allí gobernaban y reunir un nuevo ejército con el que intentar expulsar a los romanos de la isla de una vez por todas. Mientras tanto, en el sudeste, el emperador Claudio hacía acto de presencia en Britania y ordenaba a sus tropas marchar sobre Camulodunum (la actual Colchester), capital del rey Cunobelinus. La caída de este importante centro de poder britano pareció convencer a los gobernantes de las tribus vecinas de que soplaban nuevos vientos. Así que, al fin, en un acto puro de supervivencia, las tribus de los atrebates, los iceni y los brigantes –las más poderosas de la región- se rindieron ante el poder romano y aceptaron convertirse en clientes de Roma.

Durante los cuatro años que siguieron, los romanos consolidaron su poder en los territorios conquistados, estableciendo su sede administrativa en Noviomagus Regnorum (la actual Chichester), en la costa sur de Britania. De hecho, ya en el año 47, se había establecido una frontera segura que atravesaba la isla desde Isca Dumnonium (la actual Exeter) hasta Lindum (la actual Lincoln). Con el paso del tiempo, y a pesar del paulatino avance de la frontera romana hacia el norte y el oeste, sería esta porción de la isla la que realmente habría asimilado la cultura y la forma de vida romanas. El resto del territorio británico que Roma llegó a controlar, lo hizo siempre a fuerza de una constante presencia militar, sin apenas representación de la administración civil en sus ciudades.

Fue también en el mismo año 47 cuando el emperador Claudio puso al proconsul Plubio Ostorio Escápula al mando de las fuerzas romanas en Britania. Ostorio Escápula no tardó en mostrarse como un digno sucesor de Aulo Plaucio, lanzándose de inmediato en ofensiva contra las tribus rebeldes de Cambria –los silures y los ordovices- que, encabezadas por Caractacus, iban ganando poder por momentos y suponían cada vez una mayor amenaza para los romanos.

Tras dos años de violentos enfrentamientos, Escápula logró finalmente derrotar a las fuerzas coaligadas de Caractacus, quien se vio obligado de nuevo a poner tierra de por medio, buscando refugio en el norte, en las tierras de los brigantes. Sin embargo, éste fue un error de cálculo que costó caro al rebelde britano, pues la tribu de los brigantes ya había jurado fidelidad a Roma años atrás y su reina Cartimandua era una seguidora incondicional de los romanos. El hecho de que el marido de ésta encabezara una facción abiertamente antirromana no supuso impedimento alguno a Cartimandua para entregar a Caractacus al proconsul Escápula.

Suetonio Paulino

Roma había eliminado por fin a uno de sus mayores detractores, aunque sus problemas en Britania estaban bastante lejos de acabar. Casi diez años más llevó a los ejércitos romanos someter por las armas a las tribus de Cambria. Era éste un terreno difícil para las legiones, pues sus profundos valles y pasos estrechos dejaban expuestas a las columnas romanas durante su avance a todo tipo de ataques y emboscadas procedentes de las laderas. De hecho, un pequeño grupo de britanos bien organizados podía provocar un daño enorme a todo un ejército en marcha y desaparecer en la espesura antes de darle tiempo a organizarse.

Finalmente, fue Suetonio Paulino quien, el año 59 y tras ser nombrado gobernador de Britania, acabó con toda resistencia en Cambria, lanzando a las legiones en una cruel ofensiva contra la isla de Mona (la actual Anglesey), uno de los más importantes centros religiosos de Britania. Los romanos consideraban a los druidas una grave amenaza, pues arengaban al pueblo para que se levantaran contra sus conquistadores y recuperaran la soberanía de sus tribus. Esto lo sabía muy bien Suetonio, el cual no dejó piedra sobre piedra en Mona e, ignorando sus amenazas y maldiciones, pasó a cuchillo uno por uno a todos los sacerdotes britanos que allí se encontraban.

La revuelta de Boadica

Un año después, en el este, una nueva rebelión tenía lugar, esta vez entre los iceni. Desde que en el 43 se rindieran a Roma tras la caída de Camulodunum, los iceni habían gozado de cierta independencia, pagando tributo al Imperio y sin ser apenas molestados en su forma de vida y gobierno. Pero sucedió que en el año 60 murió su rey Prasutagus y, tal y como se había convenido, una buena parte de su herencia se destinó al emperador, quien por aquellos tiempos era Nerón. El resto de los bienes del difunto rey fueron legados a las hijas de éste, quedando su viuda Boadica (Budugg) como reina regente y custodia de la herencia de las muchachas.

Sin embargo, esta situación despertó la codicia de un procurador llamado Cato Deciano quien, ávido de hacerse con su parte del pastel, lanzó a las fuerzas romanas contra los iceni, expulsando a los nobles de sus tierras y vendiendo a sus familias como esclavos. Una vez tuvo a la reina en su poder, Deciano le exigió, como representante de Roma que pretendía ser, el pago de la parte de la herencia convenida (lo que en su opinión era la totalidad de ésta). Boadica no pudo ceder a sus exigencias, pues ya había enviado a Nerón su parte.

Esto provocó la ira del procurador y, acusándola de intentar engañarle, Boadica fue desnudada y flagelada ante su pueblo. Aunque peor suerte corrieron sus hijas, entregadas a las tropas para el goce y disfrute de los miles de soldados que las componían.

Herida y humillada, Boadica regresó con sus maltrechas hijas junto a los suyos, y no tardó en reunir un gran contingente, al cual fueron uniéndose paulatinamente buena parte de las tribus rebeldes que se encontraban dispersas por toda Britania. Así, en un arranque de furia imparable, el ejército de insurrectos arrasó Camulodunum y aniquiló a la IX Legión Hispana. La desesperación hizo huir a Cato Deciano de Britania, dejando a la provincia sin administración y a los insurrectos vía libre para arremeter contra Londinium, de la que no dejaron piedra sobre piedra. Aunque la ciudad no tardaría en resurgir de nuevo como capital administrativa de la provincia.

El gobernador Suetonio Paulino, acudió en cuanto le fue posible al encuentro del ejército de Boadica a la cabeza de la II Legión Augusta. Y aunque no consiguió llegar a tiempo para salvar a Verulamium, tercer objetivo de Boadica, logró dar alcance a la reina poco después y vencerla en la batalla.

Boadica sobrevivió al enfrentamiento y escapó junto con sus hijas y buena parte de sus seguidores. Pero el peso de la derrota fue demasiado para la reina. Así que, temerosa de las represalias que Neron pudiera tomar contra su pueblo o sus hijas (si alguna vez éstas llegaban a caer en su poder), decidió quitarse del medio valiéndose de un potente veneno.

Los brigantes, otra de las tribus semi-independientes que había jurado fidelidad a Roma, no tardaron en sufrir la misma suerte que los iceni, y fueron anexionados por el Imperio en el año 71. Poco después, los romanos se apropiarían finalmente de las tierras de los atrebates, asegurándose de forma definitiva la soberanía en todo el territorio de la provincia.

Las campañas de Agrícola

Corría el año 78 cuando llegó, procedente de Roma, una de las figuras más decisivas de la ocupación romana en Britania: el gobernador Cneo Julio Agrícola.

Nada más poner el pie en tierras britanas, Agrícola se lanzó de lleno en campaña contra los ordovices, en el norte de Cambria (la actual Gales). Estos habían sido recientemente sometidos por su antecesor Suetonio, pero seguían fijos en su obstinación de rebelarse una y otra vez contra sus conquistadores. Aún así, a Agrícola no le llevó demasiado tiempo imponer allí su autoridad, y el resto de su primer año de gobierno en Britania lo dedicó a estabilizar la situación del el resto de la provincia. Esto, de hecho, le mantuvo también ocupado durante todo el transcurso del año siguiente.

En el tercer año de su mandato, Julio Agrícola se dirigió a las tierras de los brigantes, en el extremo septentrional de la Britania romana, para reafirmar su autoridad entre unas gentes que, al parecer, parecían comenzar a acariciar la idea de recuperar su anterior independencia. A partir de ese momento, el gobernador dedicaría todos sus esfuerzos en avanzar con sus tropas hacia el norte, a través de Caledonia (región situada aproximadamente en lo que hoy es Escocia), en un intento de conquistar la única porción de la isla que aún conservaba su independencia. Así, su cuarta campaña, en el año 81, tuvo como objeto someter a las tribus que habitaban entre los estuarios de Ituna (el actual Solway) y de Boderia (el actual Forth).

El quinto año centró sus esfuerzos en controlar la franja de costa caledona situada frente a Hibernia (la actual Irlanda). Y durante la sexta y séptima campaña, fue ganando posiciones a lo largo de la costa oriental de Caledonia; llegando tras la batalla del Monte Graupio (librada contra una coalición de tribus caledonas acaudillada por un tal Calgaco), a controlar casi en su totalidad lo que hoy conocemos como las tierras bajas escocesas. Esta fue la última batalla librada por Agrícola en Britania, pues ese mismo año, el 83, partió de regreso a Roma convocado por el emperador Domiciano.

La precipitada marcha de Cneo Julio Agrícola se piensa que fue debida a los celos que le profesaba Domiciano, por la creciente popularidad que iba ganando en Roma a raíz de sus triunfos en Britania. Lo que sí es cierto es que su partida impidió al gobernador estabilizar la situación en los territorios que había sometido durante sus últimas campañas.

Poco se sabe de lo que pudo acontecer en estas tierras situadas al norte del estuario de Ituna durante los años que siguieron. Sin embargo, podemos presumir por los restos de fortificaciones encontrados, que existió cierta presencia militar en la región. Así pues, parece que Caledonia no fue abandonada del todo por los romanos en los siglos que siguieron.

Britania romana

La Britania romana

Muro de AdrianoTras la partida del gobernador Cneo Julio Agrícola en el año 83 d.C., se vivieron en Britania varias décadas de relativa tranquilidad. Poco a poco, los britanos fueron asimilando la cultura y forma de vida de sus conquistadores romanos, y las antiguas tribus acabaron por verle cada vez mayores ventajas al progreso y las comodidades que la vida civilizada podía ofrecerles.

Pero en el año 115 la reducción paulatina de los efectivos que se había ido llevando a cabo en los últimos años en la provincia -a favor de las campañas que el emperador Trajano condujo hacia el este del Imperio- provocaron una nueva sublevación, esta vez en el norte británico. Durante los disturbios, causados por una coalición de caledones y britanos norteños, las tropas destinadas en la ciudad de Eboracum resultaron masacradas, desbordadas como se vieron por la superioridad numérica de las fuerzas insurrectas.

Y es que era el norte en realidad la fuente de la mayoría de los problemas de los romanos en Britania. Pues allí no sólo se encontraban las tribus caledonas sobre las que Roma no había logrado establecer por completo su autoridad, sino que también convergían en aquellas tierras todos los refugiados y proscritos que durante años habían ido llegando procedentes de las tierras del sur. Y eran estos últimos los que mayor odio profesaban a los romanos, a quienes aún consideraban unos intrusos que les habían arrebatado el que durante siglos había sido su hogar y el de sus gentes. Un odio que iba pasando de padre a hijo, a la espera de que por fin llegara el momento en el que pudieran expulsar a los romanos definitivamente de Britania.

Todas estas circunstancias fueron definitivas para que el sucesor de Trajano, el emperador Adriano, tomase la resolución de crear una defensa definitiva para la frontera norte, aislando a aquellos salvajes insurrectos que tantos problemas causaban al Imperio. Así que en el año 122, dió comienzo a la construcción una muralla de piedra. Ésta tenía 117 kilómetros de longitud y atravesaba la isla de costa a costa, de este a oeste, a través de una de sus franjas de tierra más estrechas: aquella comprendida entre el estuario de Ituna (Solway) y el océano Germánico (mar del Norte).

Un profundo foso, dieciséis fuertes y gran cantidad de fortines de vigilancia reforzaban esta monumental obra defensiva, guarnecida en su mayoría por unidades de caballería procedentes de todos los rincones del Imperio. Gracias al Muro de Adriano, se pudo disfrutar en la provincia romana de Britania de una nueva época de tranquilidad, sin nuevos ataques significativos procedentes de Caledonia.

El Muro de Antonino

Fue tal el éxito de la muralla del emperador Adriano, que su sucesor Antonino Pío se animó a adentrarse con sus legiones más al norte, como ya hiciera en su momento el gobernador Agrícola, estableciendo allí una nueva frontera en forma de muralla.

Este nuevo muro defensivo, de 50 kilómetros de longitud, atravesaba esta vez la isla por su parte más estrecha: la comprendida entre los estuarios de Clota (Clyde) y Boderia (Forth). Aunque no presentaba tanta solidez como su antecesora, pues estaba construida a base de tierra apisonada en lugar de piedra. Esto, unido a la enorme distancia que la separaba de las principales guarniciones romanas, la hacía bastante difícil de defender; por lo que no tardó en ser perforada en varias ocasiones por las fuerzas hostiles de Caledonia.

Finalmente, aprovechando la imprudencia de Décimo Clodio Albino, un gobernador ambicioso que en el año 192 se llevó a las legiones a la Galia con intención de proclamarse emperador a la muerte de Cómodo, los caledones atravesaron el Muro de Antonino e, ignorando el abandonado Muro de Adriano, causaron estragos en toda la mitad norte de la provincia.

La paz de Severo

Clodio Albino no llegó a lograr su objetivo y fue vencido por Septimio Severo, el cual accedió finalmente al trono de Roma. Y fue el mismo Severo quien se encargó de rechazar a los caledones y trasladar la frontera de nuevo al viejo Muro de Adriano, esta vez de forma definitiva. Severo también es el responsable de que la provincia de Britania fuera dividida en dos unidades administrativas: Britania Superior al sur, con capital en Londinium (la actual Londres), y Britania Inferior al norte, con capital en Eboracum (la actual York).

A partir de entonces, la provincia de Britania vivió el más largo periodo de paz y prosperidad que había conocido desde la llegada de los romanos. Durante más de un siglo, las tribus de Caledonia no realizaron incursiones significativas al sur del Muro. Parte del motivo pudo deberse a que las tierras de los caledones sufrían por aquel entonces la invasión de los Dal Riada -o escotos, como los conocían los romanos-, una belicosa tribu procedente del reino hiberno de Uladh (cuyo territorio se corresponde aproximadamente con el actual Ulster), que por entonces comenzaba a extender sus dominios a costa de las tierras de los Epidii (el actual condado de Argyll). Por otra parte, sucedió también que las tribus pictas de Caledonia, unos pueblos preceltas de origen incierto que se cree habitaban el extremo norte de la isla, establecieron su soberanía en la mayor parte de Caledonia, creando una serie de reinos que no tardarían en dar más de un quebradero de cabeza a los romanos.

Tan sólo unas pocas tribus caledonas lograron resistir el empuje de tantos invasores. Éstas eran las que habitaban en las tierras bajas del sudeste de Caledonia, celtas en su mayor parte; y estaban tan ocupadas por aquel entonces en sobrevivir, que por un tiempo se olvidaron de su odio visceral hacia los romanos, dejando tranquila la frontera que la muralla señalaba.

La reforma de Diocleciano

Por aquellos tiempos, Roma vivía un periodo de grandes inestabilidades que sólo pudieron solventarse con la subida al poder de Diocleciano en el año 285, y la reforma que de su mano se llevó a cabo en todo el Imperio. Diocleciano estableció una tretarquía, dividiendo el territorio del Imperio en cuatro porciones, cuyo gobierno se pondría al cargo de dos augustos y dos césares (co-gobernadores de los augustos). De esta forma, Diocleciano asumió el gobierno de Tracia, Asia y Egipto como augusto de oriente, y Galerio el de la península balcánica (a excepción de Tracia) como su césar. En occidente, Maximiano gobernó Italia, Hispania y África como augusto, y Constancio Cloro hizo lo propio con Galia y Britania como césar.

Según esta reforma, cada augusto debería renunciar al poder a los 20 años para cederselo a su césar, quien a su vez nombraría un nuevo césar para ocupar su lugar. De esta forma, se garantizaba el orden de sucesión, reduciéndose en buena medida la posibilidad de que se produjeran usurpaciones.

El mayor aporte que como césar hizo Constancio Cloro en Britania fue la creación de nuevas divisiones administrativas partiendo de las que ya existían. Así, al sur se estableció la Maxima Caesariensis, con capital en Londinium (Londres); en Cambria, la Britania Prima, con capital en Corinium (Cirencester); en el norte, la Britania Secunda, con capital en Eboracum (York); y en el centro de todas ellas, la Flavia Caesariensis, con capital en Lindum (Lincoln).

Constantino I

Pero el sistema ideado por Diocleciano resultó no funcionar tan bien como éste había planeado. Al abdicar en el año 305, como había sido previsto, los dos augustos en favor de sus césares Constancio y Galerio, fue creada una nueva tetrarquía con Severo II y Maximino Daya como césares de occidente y oriente respectivamente. Pero la armonía duró poco, ya que al año siguiente, Constancio Cloro moría en Britania durante una campaña contra los pictos, y su hijo Constantino era proclamado augusto por las legiones británicas.

Pero Constantino no fue el único pretendiente al título de augusto de occidente, pues Galerio proclamó al césar de occidente Severo II, y el pueblo de Roma hizo lo propio con Majencio, hijo del primer augusto de occidente: Maximiano. La situación desencadenó un periodo de conflictos que duró 20 años y obligó a Constantino a llevarse a las tropas de Britania al continente. Hasta que finalmente, Constantino logró erigirse en el año 324 como único emperador de todos los romanos.

Por primera vez, Britania había resultado decisiva en la historia del Imperio.

Pero los cambios no iban a terminar ahí. Fue durante el gobierno de Constantino como emperador cuando se instauró un nuevo modelo de ejército, inspirado en el modelo que Diocleciano ideara durante su mandato. De esta forma, los efectivos del Imperio fueron divididos en dos grandes tipos de unidades: los comitatenses y los limitanei. Los comitatenses consistían en unidades de campaña dotadas de gran movilidad, con capacidad acudir con premura allí donde se les requiriera. Se encontraban bajo el control directo del emperador y de dos grandes generales: el Magister Peditum, al mando de las tropas de infantería, y el Magister Equitum, al mando de las de caballería. Los limitanei, por su parte, eran las tropas fronterizas del Imperio, constituidas por los descendientes de las antiguas legiones allí acantonadas.

En Britania, el mando de las tropas comitatenses lo ostentaba un comes britanniarum y las tropas limitanei que defendían el Muro de Adriano estaban bajo las órdenes de un dux britanniarum. Aparte de esto, en Londinium residía un gobernador civil, y en la costa sudeste un comes litoris saxonici per britanniam, encargado de repeler las incursiones que los sajones realizaban sobre la isla con cada vez mayor asiduidad.

En el año 337, Constantino fallecía, dejando como principal legado de su gobierno la legalización del culto cristiano dentro de los límites del Imperio, gracias el Edicto de Mediolanum (Milán). La instauración del Cristianismo como religión oficial del Imperio no llegaría hasta el año 380, de mano de Teodosio y su Edicto de Tesalónica.

El dux Teodosio

A la muerte de Constantino, Britania se vio de nuevo ignorada por los emperadores que le sucedieron. Las fronteras del Imperio en el Danubio debían resistir cada vez mayor presión por parte de los bárbaros germanos y fue preciso echar mano de buena parte de los efectivos apostados en Britania para contenerlos. Esta circunstancia dejaba a la provincia prácticamente indefensa frente a los numerosos ataques de los pictos contra la frontera y las frecuentes incursiones que escotos y sajones llevaban a cabo por mar. Ni siquiera el Muro de Adriano fue capaz de aguantar el empuje de las tribus norteñas de Caledonia, que lograron abrir varias brechas en su escasamente vigilada estructura.

Así que el caos reinaba en Britania en el año 367, cuando Flavio Teodosio llegó a la isla en calidad de dux britanniarum. Teodosio era el general más capaz de que disponía el emperador Valentiniano, y así lo demostró infringiendo una dura derrota a pictos y escotos, al poco de pisar la provincia. Para el año 370, Teodosio ya había reorganizado los efectivos de Britania y saneado la, por aquel entonces, confusa y enmarañada administración romana.

Para asegurar la defensa del norte, el dux Teodosio estableció en la frontera una serie de reinos autónomos gobernados por reyes britanos: Strathclyde, Manau Gododdin, Rheged, Elmet y, posiblemente, Brynaich (el cual acabaría por dar lugar al reino anglo de Bernicia).Estos pequeños reinos clientes, absorbieron la totalidad de la Britania Secunda, así como buena parte de la Flavia Caesariensis. A consecuencia de esto, la capital de la Flavia sufrió un traslado, aunque resulta difícil decir dónde (posiblemente a Verulamium, la ciudad más importante de la región).

Y para salvaguardar el sudeste de los piratas sajones, situó allí una serie de fuertes, defendidos por mercenarios sajones y frisones y apoyados por una nutrida flota. Además, por vez primera, un caudillo sajón fue designado comes litoris saxonici per britanniam, para asegurar una mejor defensa de la costa.

Máximo el usurpador

A la partida de Teodosio, quedó al mando de las tropas fronterizas Magno Clemente Máximo, uno de sus mayores hombres de confianza. El dux Máximo llevó a cabo un excelente trabajo manteniendo a raya las incursiones que los pictos se obstinaban en llevar a cabo en el norte de la provincia. Pero las aspiraciones de Magno iban mucho más allá y, en el año 383, logró que las legiones británicas le proclamaran emperador.

Con este pretexto, se llevó al ejército a la Galia para atacar a Flavio Graciano, emperador de occidente, al cual dio caza y ejecutó en la ciudad de Lugdunum (la actual Lyon). Tras un pacto con el emperador de oriente Teodosio (hijo de aquel otro Teodosio bajo cuyas órdenes combatiera en Britania), Magno Máximo fue reconocido como emperador de Britania, Galia e Hispania.

No conforme con esto, en el año 387, Máximo se lanzó a la conquista de Italia, que por aquel entonces se encontraba bajo el gobierno de Valentiniano II. Éste último, viéndose superado por las fuerzas del usurpador, huyó a oriente, pero al año siguiente aunó fuerzas con Teodosio y dirigió una ofensiva fulminante contra Máximo. Hasta que finalmente, viéndose acorralados en Aquilea, los hombres de Magno Clemente Máximo acabaron por traicionarle y entregarle a Teodosio.

Y así acababa la meteórica carrera hacia el poder de Magno Clemente Máximo, con su cabeza cortada y exhibida a lo largo y ancho de todas las provincias del Imperio.

Cabe decir que Magno Clemente Máximo ha quedado inmortalizado en la memoria popular galesa con el nombre de Macsen Wledig el "Emperador". Así se refleja en el Mabinogion, una serie de relatos galeses escritos presumiblemente entre los años 1060 y 1200 d.C.

Constantino III y el abandono de Britania

La eventualidad de designar emperadores de occidente pareció convertirse en costumbre entre las legiones de Britania. Y en el año 407 éstas hicieron lo propio con un soldado raso llamado Constantino.

Bajo el título de Constantino III, el nuevo emperador se llevó a todas las legiones a la Galia dejando Britania totalmente desguarnecida, para enfrentarse con los ejércitos de Honorio, quien por aquel entonces ocupaba el trono de Roma. Tras varios enfrentamientos, Constantino III logró controlar todo el territorio hasta la frontera con Italia, haciendo de Arelate (la actual Arles) su capital.

Durante el año 408, su hijo Constante (quien había abandonado el monasterio en el que ejercía sus votos) se enfrentó a las tropas de Honorio en Hispania, no tardando en dominar la situación a su favor. Y para el 409, Constantino III ya había acorralado a Honorio en Ravena, la por aquel entonces capital romana, logrando que éste le reconociera como coemperador.

En el año 410, en Britania fue recibida una misiva de Honorio, en la cual se informaba a sus habitantes de que las legiones difícilmente regresarían a la provincia a corto plazo. De esta forma, los britanorromanos fueron apremiados a organizar por sí mismos las defensas de la provincia.

Finalmente, y cuando menos se lo esperaba, Britania se había visto libre de una vez por todas de la ocupación romana. Las legiones habían partido para no volver jamás.

Britania postromana

La Britania postromana

Castillo de TintagelEl abandono militar de Britania provocado por Constantino III en el 407, así como la posterior confirmación de Honorio de que las tropas no regresarían, supusieron el pistoletazo de salida para lo que sería una desenfrenada carrera por el poder en la isla. Funcionarios romanos, representantes de la nobleza latina, caudillos locales, jefes tribales... Todos ellos se apresuraron a asegurar su dominio sobre cuantas ciudades y territorios les fue posible controlar.

Britania se fragmentó así, de la noche a la mañana, en un mosaico de pequeños reinos que no paraban de pugnar entre sí por la posición de sus fronteras. Poco se sabe sobre estos estados, pues buena parte de ellos no tardaron en desaparecer arrollados bajo las hordas anglosajonas. Aunque unos cuantos, los menos, han sobrevivido a lo largo de la historia (al menos en cuanto al nombre se refiere) en forma de condados del oeste de Gran Bretaña. Los antiguos reinos de Dyfed, Gwynedd, Gwent y Powys son hoy regiones administrativas del País de Gales. Por su parte, la actual Cornualles, en el extremo sudoeste de Gran Bretaña, debe su nombre al reino britano de Cernyw, del que aún conserva buena parte de su cultura y de su carácter célticos.

Dado el aislamiento político en el que se vio la isla durante el siglo V y la inexistencia de documentos datados en aquellos tiempos, la historia de la Britania postromana resulta bastante imprecisa. Y aunque ha sido relatada por numerosos autores, estos vivieron, en el mejor de los casos, varias generaciones después de los hechos que en ellas se relatan. Por todo ello, en los tiempos actuales resulta complicado en este ámbito distinguir entre los hechos puramente históricos de lo meramente legendario.

Figuras pseudo-históricas del siglo V

Varios nombres de personajes insignes se conservan a caballo entre lo histórico y lo legendario: Coel Hen, supuestamente el último dux britanniarum, del cual se declararon posteriormente descendientes los linajes de los reyes de la mayoría de los reinos britanos norteños; Cynedda, un hijo del rey de Gododdin que viajó hasta el norte de Cambria, para expulsar a los hibernos que habían invadido el reino de Gwynedd; o el obispo Nynniaw, quien dedicó su vida a convertir al cristianismo a los pueblos que habitaban entre las dos viejas murallas romanas del norte.

Pero por encima de todos ellos, una de las figuras pseudo-históricas que más ampollas ha levantado entre los historiadores es la del rey Vortigern (o Gwrtheyrn, en galés), cuya historia llega a entremezclarse con la de personajes de tan distinta naturaleza como el emperador Constantino I, el mago Merlín (Myrddin) o Uther Pendragon (Gwthyr Pendraig).

Según la historia, adornada en la mayoría de sus versiones con tintes artúricos, fue Vortigern quien invitó a los sajones (más concretamente a los jutos) a Britania, cediéndoles las tierras de los cantiaci (el actual condado de Kent) a cambio de que le sirvieran como mercenarios. Sobre lo que algunos relatos no parecen ponerse de acuerdo es si Vortigern utilizó a sus aliados para combatir a los pictos y a los escotos o para usurpar la corona de su antecesor. En cualquier caso, Vortigern acabó finalmente por pagar su imprudencia, cuando los sajones llegaron a la conclusión de que ya estaba bien de acatar la autoridad de un rey britano.

A estas alturas resulta difícil no hacer mención sobre el rey Arturo, personaje que tantas obras ha llegado a inspirar en el transcurso de la historia occidental. General romano, caudillo celta, monarca bajomedieval... Múltiples han sido las visiones que la literatura y el cine nos han ofrecido de tan misteriosa figura. Pero, ¿existió realmente Arturo? ¿Alguna de estas versiones se corresponde con el personaje real que pudo ser? Pues bien, a estos efectos no hay nada seguro, pero es probable que todas ellas, de una u otra manera, se acerquen bastante a la verdad. Algunos investigadores aseguran que no hubo un único Arturo, sino que la imagen que ha llegado hasta nosotros se compone más bien de innumerables retazos de historias pertenecientes, no a uno, sino a un buen número de personajes legendarios e históricos. Según esta teoría, con el paso de los siglos las hazañas de unos y otros nobles, llamados en su mayoría Arturo (o Arthwys), pudieron unirse en la imaginación popular con las de otros personajes pertenecientes épocas anteriores (o incluso a leyendas), dando lugar a lo que poco a poco se convertiría en el mito artúrico.

San Germano y Riothamus

Por otra parte, también existen algunos hechos históricos que, si bien no resulta fácil relacionarlos con una fecha concreta, puede afirmarse con toda seguridad que tuvieron lugar. Como por ejemplo, los dos viajes que realizó el obispo Germano de Autessiodurum (o como comúnmente se conoce, Germano de Auxerre) a Britania, durante la primera mitad de siglo V. Su objetivo: combatir la herejía pelagiana, ampliamente extendida por la antigua provincia romana. Los años 429 y 447 fueron probablemente aquellos en los que tuvieron lugar dichas misiones.

Otro hecho demostrado históricamente es la campaña que Riothamus, un poderoso y renombrado rey britano, llevó a cabo en el sur de la Galia, para expulsar de allí a los visigodos a petición del emperador de occidente Antemio. Esto ocurrió alrededor del año 468, aunque desafortunadamente su ejército no tardó en ser interceptado y aniquilado por las fuerzas del rey Eurico.

Las invasiones sajonas

Pero volvamos a hablar de los sajones. Ocurre con frecuencia, de hecho los mismos romanos ya acostumbraban a hacerlo, que empleamos el término sajón cuando a lo que nos queremos referir es, en realidad, a varios pueblos distintos de origen germánico; todos ellos procedentes del norte de Europa y poseedores de una cultura, lengua y costumbres similares. Así que, al mencionar a los sajones en general, estamos aludiendo, no sólo a los propios sajones, procedentes de la costa norte germana que corre al este de la desembocadura del río Rhenus (actual Rhin); sino también a los jutos, oriundos de la península de Jutlandia; a los anglos, cuyas tierras se situaban al sur de las de los jutos; y a los frisios o frisones, moradores de la desembocadura del Rhenus y sus alrededores.

Pues bien, una vez aclarado lo anterior, cabe decir que todos los historiadores coinciden en que la invasión y ocupación sajona no tuvo lugar de forma repentina y fulgurante, sino que ya en el siglo IV, estos pueblos desafiaban a las tropas romanas, llevando a cabo incursiones de pirateo y devastando todas las poblaciones con que se topaban a lo largo de la costa sudeste de Britania. Aunque las verdaderas invasiones tuvieron lugar en forma de oleadas sucesivas durante los siglos V y VI, lejos ya los ejércitos romanos de la isla.

La primera invasión en toda regla de la que tenemos constancia la sufrieron las tierras de los cantiaci (véase la leyenda de Vortigern comentada en este mismo artículo), a manos de los jutos. Sucedió alrededor del año 449 y los invasores no tardaron en hacer suya buena parte del territorio situado al sur del bajo Tamesa (Támesis), fundando el reino de Kent. Parece ser que los jutos llegaron a controlar incluso la isla de Vectis (la actual Wight), situada frente al litoral sur británico.

En una segunda oleada de invasores, un ejército de sajones, posiblemente encabezado por el rey Aelle, desembarcó en la costa meridional de Britania, aproximadamente en el año 477. Al cabo de algún tiempo y varios enfrentamientos, los sajones acabaron fundando allí el reino de Sussex.

Es probable que fuera en el año 495 cuando otro ejército de sajones, esta vez parece que liderados por el rey Cerdic, tomó tierra cerca de Durnovaria (la actual Dorchester), estableciendo poco después el reino de Wessex. Al poco, alrededor del año 527, una nueva oleada de sajones encabezada por el rey Aescwine se hizo con tierras al norte del Tamesa, fundando el reino de Essex.

Según deducimos de la obra de Gildas, un monje galés del siglo VI, fue por estas fechas cuando tuvo lugar una batalla de proporciones descomunales entre varias naciones sajonas y una confederación de reinos britanos. Durante este enfrentamiento conocido como la batalla de Badonicus Mons (en galés, Mynydd Faddon), los britanos debilitaron de tal manera a sus invasores que pudieron recuperar buena parte de las tierras perdidas. Al parecer, tras esta aplastante victoria, en Britania pudo disfrutarse de una época de paz y prosperidad que duró toda una generación. No falta quien atribuye el mando de los ejércitos britanos al legendario rey Arturo, comparándose la época de calma que siguió con el apogeo de Camelot que nos ofrece la literatura artúrica.

Y fue ya bien entrado el siglo VI, alrededor del año 540, cuando los anglos se animaron a reclamar su parte del pastel de Britania. Así apareció el reino de Anglia Oriental en las tierras de los iceni (al este del río Great Ousse), a raíz del cual no tardó en formarse el reino anglo de Mercia, algo más al oeste. No se conoce la fecha aproximada en la que pudo aparecer este segundo reino, aunque sí sabemos que Creoda, el primer rey Merciano del que se tiene constancia, comenzó su reinado alrededor del año 585.

Mientras tanto, más al norte, se establecían dos nuevos reinos anglos: Bernicia y Deira. Bernicia apareció a raíz de un antiguo reino llamado Brynaich, situado en la zona del Muro de Adriano. Su aparición tuvo lugar sobre el año 547, siendo su primer rey un tal Ida. Lo que no queda muy claro es si se formó a raíz de una invasión o debido a un golpe de estado pertrechado por algún ejército mercenarios anglos que llevaran allí establecidos desde tiempos de los romanos. En cuanto a Deira, también se correspondía con el territorio de un reino britano, Deywr, el cual se extendía al norte del estuario de Abus (el actual estuario de Humber). En este caso, sí que parece seguro que los anglos invadieron y conquistaron este pequeño reino, partiendo desde Bernicia. Esto sucedía alrededor del año 559, siendo un tal Aella (nótese la curiosa semejanza con el nombre del rey fundador de Sussex) su conquistador y primer monarca.

Finalmente, los reinos de Deira y Bernicia acabaron por unificarse por obra del rey Aethelfrith, dando lugar al reino de Northumbria. Es sabido que Aethelfrith, nieto del rey Ida, fue el primer rey anglo que gobernó a un mismo tiempo sobre Bernicia (a partir del año 593) y sobre Deira (desde el año 604), lo que propició la fusión de los dos reinos.

Y así, transcurrieron los años en los siete reinos anglosajones (conocidos por los historiadores a partir del siglo XII como la heptarquía), entre alianzas, traiciones, guerras y conquistas; la mayoría de estas últimas a costa de los agonizantes reinos britanos del norte y el oeste. En algunas ocasiones, alguno de los siete reinos legitimaba su soberanía sobre los restantes y se autoproclamaba Bretwalda, o lo que es lo mismo, Rey de los Británicos.

La inestable Caledonia

Por su parte, y como si no tuvieran bastante ya con los pictos y los escotos, los reinos britanos del norte se vieron obligados a presentar frente a los nuevos invasores anglos. Algo más al norte, merece la pena mencionar la llegada a tierras de los pictos del misionero Columba quien, partiendo de su sede en la isla hiberna de Iona y acompañado de doce de sus discípulos, llevó a cabo misiones de evangelización por las tierras altas de Caledonia, así como por las islas Epideae, Ebudes y Orcades (las actuales Hébridas Interiores, Hébridas Exteriores y Orcadas).

A partir de entonces, pocos acontecimientos significativos se producirían en Caledonia, mención aparte de los enfrentamientos que de una y otra vez se daban entre pictos, escotos, anglos y britanos norteños.

No sería hasta el año 730 que el rey picto Angus Mac Fergus lograra someter a los escotos de Dalriada y al reino britano de Strathclyde, plantándose lo que sería la primera semilla para la creación de lo que más adelante sería Escocia. Aunque esa ya es otra historia.

El nacimiento de Inglaterra

Y llegamos al punto en el que Britania pierde su nombre en los libros y tratados de Historia, para pasar a llamarse Inglaterra, nombre que ha perdurado hasta nuestros tiempos. Existe una historia bastante peculiar sobre Gregorio Magno, papa de Roma desde el año 590 hasta el 604. Según esta, paseaba el pontífice por el mercado de esclavos de Roma cuando se quedó impresionado al descubrir a tres niños que allí se vendían. El papa Gregorio quiso ver en ellos una belleza áurea y un resplandor sin igual, por lo que preguntó interesado al tratante por la procedencia de los muchachos. Cuando éste le respondió que venían de la tierra de los anglos, Gregorio respondió (cito textualmente): “No angli, sed angeli”; o lo que es lo mismo: “No son anglos, son ángeles”. A partir de entonces, el papa Gregorio Magno dedicó buena parte de sus esfuerzos en organizar una misión para evangelizar a aquellas gentes de apariencia casi divina.

De ahí en adelante, en el mundo latino comenzó a utilizarse el término Angli Terra para hacer mención a los reinos anglos y, por extensión, a toda la isla de Britania.

Historia de la antigua Britania

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