Ya a mediados del siglo II a.C, el geógrafo, astrónomo y matemático egipcio Claudio Ptolomeo describió en su obra Geographia las costas, ríos, formaciones montañosas, tribus y ciudades de las islas británicas. En la actualidad, no se conservan auténticos mapas de Ptolomeo, aunque lo riguroso y detallado de las descripciones contenidas en su obra nos da a entender que, ya por aquellos tiempos, Britania no resultaba del todo desconocida para el mundo grecorromano.
Pero no fue hasta mediados del siglo I a.C que Roma puso sus ojos en una Britania aún sumida en la Edad de Hierro. Sin embargo, tras las fugaces campañas de Julio César, tuvieron que pasar varias generaciones antes de que un emperador se decidiera a intentarlo de nuevo. En apenas cuatro años, Claudio se había hecho con el control de buena parte del sudeste de la isla y establecido contratos de clientela con las tribus más poderosas de la zona. A partir de entonces, la situación política de la isla se caracterizó por constantes cambios en las fronteras. Tan pronto Roma la controlaba casi en toda su extensión, como se veía obligada a delegar su soberanía a una serie de reinos célticos clientes.
Tras la partida de los romanos, la situación no mejoró precisamente. Multitud de reyezuelos locales se dejaban el alma y sacrificaban la vida de cuantos hombres fuera preciso, con tal de anexionarse las tierras de sus vecinos. Esta falta de cohesión se convirtió en la mayor debilidad de los británicos. Debilidad que fue aprovechada por las oleadas sajonas que, procedentes del norte de Europa, iban devorando milla a milla a estos pequeños reinos. De esta forma, los nativos fueron aniquilados y esclavizados por los nuevos invasores. Los ejércitos britanos fueron empujados cada vez más hacia el norte y el oeste, hasta lo que hoy conocemos como Escocia, Gales y Cornualles, últimos baluartes célticos de la isla. Allí se fortificaron y pudieron contener las embestidas anglosajonas durante los siglos que siguieron.
Mientras tanto, los reinos anglosajones comenzaban a surgir, primeramente en el sur y poco después en la costa oriental. Pronto, el norte cayó también en manos de estos implacables conquistadores, aunque acabaron viéndose frenados por los reinos pictos de Caledonia, un escollo demasiado complicado incluso para ellos.
El siguiente mapa muestra las denominaciones de los mares, islas, costas, ríos y formaciones montañosas del territorio británico, tal y como se conocían en los tiempos romanos y prerromanos. Dichos términos se encuentran en su versión latina y, en los casos en los que ha sido posible, sobre todo en la región occidental de la isla, se añaden t&eactue;rminos galeses; ya que esta lengua es una evolución directa de algunos de los dialectos que hablaban los britanos nativos de la época.
Las medidas de longitud utilizadas son los kilómetros actuales y las antiguas millas romanas.
A la llegada de Julio César a Britania, la isla estaba habitada por gran cantidad de tribus diferentes, las cuales podrían dividirse en cuatro grandes grupos:
Los britanos belgas ocupaban la parte sudeste de Britania. Eran sus moradores más recientes, de raza celta, aunque con una fuerte ascendiente germánica. Pertenecían a la cultura de la Tène.
Los britanos celtas eran en su mayoría pertenecientes a la cultura de Hallstatt. Dominaban más de la mitad de la isla: las regiones centrales y parte del sudoeste.
Los britanos preceltas estaban representados por una serie tribus prearias, descendientes de lo que conocemos como el pueblo del vaso campaniforme. De baja estatura y piel aceitunada, se encontraban en su mayoría en el sudoeste británico.
Las tribus caledonas estaban constituidas por individuos celtas y preceltas en su mayoría. La diferenciación que los romanos hacían de los caledones, con respecto al resto de tribus de Britania, se debía más a una razón geográfica y política que genética.
Transcurridos cinco años tras el comienzo de la conquista llevada a cabo por el emperador Tiberio Claudio César, Roma ya había logrado dominar una quinta parte de la isla. Contaba además como clientes con tres de las tribus británicas más poderosas de su tiempo: atrebates, iceni y brigantes.
Por aquel entonces, el mayor foco de conflictos se hallaba en el oeste, en Cambria (la actual Gales). Por extraño que parezca, a Roma le llevó casi 12 años controlar esta región. Aunque, todo sea dicho, jamás fue capaz de someter a las gentes que la habitaban a su completa autoridad.
Una vez anulados los principales focos de resistencia en Cambria por el gobernador Suetonio Paulino, los el Imperio romano ya contaba bajo su dominio con casi la mitad de la isla de Britania.
Tan sólo un año después, en el 60 d.C, los iceni se rebelarían contra sus opresores. Su esfuerzo resultó sen en valde, perdiendo además tras la derrota la condición de tribu independiente de la que habían disfrutado hasta entonces. Atrebates y brigantes no tardarían en correr la misma suerte y perder por completo su soberanía.
El paso del gobernador Cneo Julio Agrícola por Britania resultó devastador para sus antiguos ocupantes. En tan sólo 5 años, fue capaz de sofocar una fuerte revuelta surgida en el norte de Cambria y extender el territorio romano hasta abarcar casi la totalidad de la isla.
En el año 84 d.C, Roma había llegado hasta su punto álgido de avance por el territorio britano. A partir de entonces, la presión de las tribus rebeldes, las deficiencias administrativas, tanto del gobierno central como del establecido en la provincia, y la ocasional necesidad de trasladar efectivos a otros puntos del Imperio obligaron a los romanos a abandonar las posiciones conquistadas con tanto esfuerzo y sacrificio y retroceder cada vez más hacia el sur de la isla.
Tras un infructuoso intento de mantener la frontera romana en el muro de Antonino, recientemente levantado por el emperador del mismo nombre entre los estuarios de Clota (Clyde) y Boderia (Forth), Septimio Severo acabó por establecerla en la vieja muralla que Adriano mandara construir casi un siglo antes entre el estuario de Ituna (Solway) y el océano Germánico (mar del Norte).
Esta muralla constituyó durante casi dos siglos la frontera oficial entre el territorio romanizado y las tribus rebeldes del norte de la isla, perdiendo poco a poco su relevancia hasta que en el año 383 fue abandonada para siempre por las legiones, trasladadas por el dux Máximo a la Galia en su afán de usurpar el gobierno del Imperio.
El dux Flavio Teodosio puso orden en una Britania cada vez más inestable y falta de efectivos. En el norte, Teodosio estableció una serie de reinos célticos clientes para asegurar la frontera contra los invasores escotos de Dal Riada y los reinos pictos, aunque mantuvo de todos modos los efectivos con los que contaba en el muro de Adriano. En la costa sudoriental, creó una red de fuertes defensivos destinados a salvaguardarla de los cada vez más frecuentes ataques de las tribus anglosajones procedentes de las costas germanas.
Tras la partida definitiva de las tropas romanas en el año 407 d.C, las provincias británicas comenzaron a desintegrarse en una serie de reinos independientes de carácteres variados, fieles algunos al patrón de vida legado por los romanos y más enfocados los otros en recuperar las antiguas costumbres y tradiciones de la Britania céltica. Algunos de estos estados no llegaron a sobrevivir más de dos o tres generaciones, arrollados por las oleadas invasoras de jutos, sajones y anglos.
Estos pueblos germánicos no tardaron en asentarse en la isla, estableciéndose en varios reinos que fundarían la base de lo que más adelante se conocería como Inglaterra.